Palabras de espiritualidad

En esto consiste aprovechar el efímero tiempo de esta vida

  • Foto: Oana Nechifor

    Foto: Oana Nechifor

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El tiempo que tenemos en esta vida es como el tiempo de la siega y la cosecha: cada uno junta su alimento —lo más puro que pueda— para la vida que viene.

Escuchen mis palabras, las de un monje sencillo, el más pequeño de todos. No me juzguen como alguien sin valor por no ser instruido. Abran los ojos de su alma y miren lo que hay más allá de este mundo.

La gente del mundo ama las cosas de aquí porque todavía no ha probado su amargura. Siguen ciegos por dentro y no alcanzan a ver lo que se esconde detrás de esas alegrías pasajeras. Aún no han llegado a la luz del verdadero entendimiento, ni al día de su salvación.

Pero ustedes, que ya han visto y escuchado tantas cosas, deben entender que los placeres de este mundo se desvanecen como una sombra, y que el tiempo de nuestra vida corre, pasa rápido y no regresa. El tiempo que tenemos en esta vida es como el tiempo de la siega y la cosecha: cada uno junta su alimento —lo más puro que pueda— para la vida que viene.

No es el perspicaz quien gana, ni el de buena familia, ni el que habla sin parar, ni el rico, sino aquel que es paciente en las ofensas. El que sufre una injusticia y perdona, el que es difamado y guarda silencio, el que se hace a sí mismo como una esponja que borra y limpia con ella todo lo que escucha de los demás, aunque parezca cierto. Ese es el que se purifica y brilla más que los otros. Ese es el que alcanza grandes alturas. Ese se alimenta de la contemplación de los misterios divinos.

Y, ciertamente, se trata de alguien que vive desde ya en el Paraíso. Entonces, cuando le llegue la hora de la muerte, apenas se le cierren estos ojos terrenales, se le abrirán los ojos de dentro, los ojos del alma. Y, mientras esté pensando en las cosas que hay allí, de pronto se encontrará en aquello que tanto anhelaba, sin siquiera entender cómo sucedió. Eso es pasar de la oscuridad a la luz, de la pena al descanso, de la tormenta a la seguridad de un puerto tranquilo, de la guerra a la paz eterna. 

(Traducido de: Gheron Iosif Isihastul, Mărturii din viața monahală, Editura Bizantină, 2007, p. 55)