La experiencia y los frutos de la oración incesante

 

¡Qué estado tan predilecto, que solamente el Señor puede otorgar! Es el mismo estado de los ángeles y los santos.

En 1932 entré al monasterio, convencido de que no me quedaban más de cinco años de vida, tal como me habían dicho los médicos. Gracias a Dios, llegué al Monasterio Milkovo, en donde había unos treinta monjes rusos.

¡Cuántas almas piadosas moraban en aquel lugar! Gracias a ellas aprendí la “Oración de Jesús”. Me dieron una cuerda de oración y me enseñaron a repetir: “¡Señor Jesucristo, Hijo de Dios, ten piedad de mí, pecador!”.

Creyendo que no viviría más de cinco años, me propuse orar sin cesar. Así, en determinado momento observé cómo en mi interior aquella oración empezaba a brotar sola, sin detenerse. Yo trabajaba, comía, oraba... ¡y la “Oración de Jesús” seguía repitiéndose en mi interior! ¡Oh, pero qué alegría vino a iluminarme, qué gozo indescriptible, qué inefable paz! Me asombré al notar que me había convertido en un hombre distinto. No sabía qué me había ocurrido. Todo estaba lleno de paz, todo era sosiego, todo era bueno, todo era un regocijo imposible de creer. Y noté que había dejado de perturbame ante las ofensas y los reproches de los demás. Ahora nadie era capaz de disgustarme, ni siquiera para hacerme responderle con alguna amonestación. ¡Qué estado tan predilecto, que solamente el Señor puede otorgar! Es el mismo estado de los ángeles y los santos.

El estado de aquellos que alcanzan la Gracia es el de los ángeles y los santos, porque el alma se deja conducir por el Espíritu Santo y deja de tener pensamientos terrenales. Ni siquiera puedes pensar más. Sabes cómo pensar, sabes lo que necesitas pensar, pero no puedes. Quieres, pero no puedes. ¡Es simplemente imposible! Es decir, el Espíritu Santo te ilumina y purifica todo tu interior.

(Traducido de: Stareţul Tadei de la Mănăstirea Vitovniţa, Pace şi bucurie în Duhul Sfânt, Editura Predania, Bucureşti, 2010, p. 210)