La fuerza de la oración de una sencilla mujer

 

“¿Ha visto cómo hay laicos que oran con más intensidad y fervor que los monjes?”.

Traducción y adaptación: Jose David Menchu

«Me hallaba en el Monasterio Sihăstria desde hacía ya algunos días, específicamente desde las vísperas de la festividad de San Demetrio.  La última mañana de mi estancia en aquel hermoso cenobio, antes de volver a casa en autobús, entré a la iglesia y me senté en un rincón, dispuesto a orar y meditar un poco. Afuera estaba muy oscuro y llovía a cántaros, como es común en la montaña a finales de otoño.

En el altar, el padre Cleopa preparaba la Santa Proskomedia. Frente a él, una candela iluminaba bellamente ese rinconcito conocido como prótesis, en tanto que, en la nave principal del templo, frente al ícono de la Madre del Señor, había una sola veladora encendida. Como dije antes, yo estaba sentado al fondo de la iglesia, orando con la cabeza entre las manos. En un momento dado, oí que alguien más entraba. Con un gesto mecánico, levanté la cabeza para ver de quién se trataba. Era una anciana, vestida con un sencillo abrigo tradicional y la cabeza cubierta con un pañueño negro. Caminando muy despacio, se acercó a cada uno de los íconos y los fue besando y venerando con sincera devoción. Cuando estuvo frente al ícono de la Madre del Señor, le besó la mano y permaneció algunos instantes contemplándolo. Después, volvió al centro de la iglesia, mientras oraba con voz suave pero audible en la quietud del lugar: “¡Señor, ayúdame! ¡Señor, no me abandones!”. Repitió esta breve plegaria varias veces, y después se quedó en silencio, de rodillas, como orando profundamente. Al cabo de unos minutos, volvió a empezar con su sencilla invocación, para después quedarse callada nuevamente. En ese momento, pude observar claramente cómo, sobre la cabeza de aquella humilde mujer, aparecía una refulgente corona de un color semejante al del cobre, suspendida en el aire a unos 10 centímetros de su coronilla. Mi admiración ante lo que estaba viendo se tornó en un cierto temor, al recordar aquella otra vez en la que vi un haz de luz sobre las cabezas de dos monjes que oraban llenos de fervor.

En un momento dado, el padre Cleopa, saliendo por la puerta del iconostasio, vio la corona de luz sobre la cabeza de la anciana. Hizo un gesto de asombro, se postró hasta el suelo, y empezó a llorar... 

Al mismo tiempo, la mujer se levantó, se hizo la Señal de la Cruz y salió de la iglesia con el mismo sigilo con que había entrado. Unas horas más tarde la volví a ver, esta vez en el autobús de regreso a la ciudad. Durante todo el trayecto no hizo más que orar y suspirar. Quién sabe cuáles eran sus penas, sus preocupaciones… 

Algunos años después, el padre Joanicio Balan habría de consignar este suceso, del cual yo fui testigo, en un hermoso libro, agregando estas palabras del padre Cleopa: “¿Ha visto, padre Joanicio, cómo hay laicos que oran con más intensidad y fervor que los monjes?”».

(Traducido de: Preotul Dimitrie BejanBucuriile suferinței. Evocări din trecut, Cartea Moldovei, Chișinău, 1995, pp. 36-37)