Palabras de espiritualidad

La honestidad, una virtud esencial

  • Foto: Stefan Cojocariu

    Foto: Stefan Cojocariu

Hablar de bondad no me convierte en una persona buena si, en mis actos, me comporto mal con quien tengo al lado.

Nosotros, los seres humanos, somos muy buenos teóricos. Leemos libros de toda clase, vemos videos motivacionales, compartimos citas y tenemos un ideal de cómo deberíamos ser y, sobre todo, de cómo deberían ser los demás. Hablamos de bondad, mansedumbre, paciencia y respeto, pero, a la primera oportunidad, actuamos en piloto automático, olvidando toda la teoría y poniendo en práctica aquello que nos sale instintivamente: atacamos, nos defendemos o nos paralizamos. Y esto sucede porque, a menudo, partimos de un ideal, de la teoría, tanto en nuestra relación con nosotros mismos como con los demás, y no de aquello que realmente hemos logrado hacer nuestro e incorporar a nuestra propia vida.

Hablar de bondad no me convierte en una persona buena si, en mis actos, me comporto mal con quien tengo al lado. Y, ante todo, conmigo mismo. Ahora bien, tampoco debemos caer en el extremo de reprocharnos no haber conseguido hacer nuestra esa bondad. Se trata de ser honestos y no exigirle al otro aquello que ni siquiera nosotros somos capaces de poner en práctica. Existe una brecha entre la teoría y la práctica que solo podemos superar trabajando primero en nosotros mismos. Dejemos de ejercer tanta presión sobre nosotros y sobre los demás, pero no dejemos de desear crecer y evolucionar.

Tomemos la teoría y bailemos con ella en la práctica; invitemos también al otro a nuestro baile, como una pareja unida y no como dos competidores. Y cuando comprobemos en nosotros mismos que, a pesar de conocer toda la teoría del mundo, en la práctica terminamos haciendo precisamente el mal que no queríamos hacer, tengamos también compasión por quienes nos hacen daño, pues a menudo desean, en realidad, hacernos el bien.



 

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