Palabras de espiritualidad

La inconmensurable fuerza de la Santa Comunión

  • Foto: Oana Nechifor

    Foto: Oana Nechifor

Quienes participan con fe en la Santa Comunión, el Misterio de los misterios, comulgan con Cristo crucificado y resucitado, con Cristo, el Dador de vida.

Después de la Santa Confesión y siempre tras pedir la bendición de su padre espiritual, los enfermos se acercan al Santo Cáliz con impaciencia y un indescriptible deseo de recibir el Santo Cuerpo y la Sangre de nuestro Señor Jesucristo. Participan, pues, en la Cena Mística, recibiendo el alimento santo, el Pan celestial, expresión inefable de alegría. ¿Cómo no se te va a llenar el corazón de gratitud y agradecimiento?

Para todo fiel, el Santo Cáliz significa salvación. Los oficios de súplica, la Santa Unción y las palabras llenas de enseñanzas del sacerdote son todos de provecho para los fieles. Sin embargo, quien salva es el Santo Cáliz, conforme a estas palabras: “El que come Mi carne y bebe Mi sangre tiene vida eterna, y Yo lo resucitaré en el último día”.

Por desgracia, no son pocos los enfermos que desconocen la importancia de la Santa Comunión. Muchas veces, incluso sus familiares se interponen en el camino hacia este Santo Misterio, al considerar que su ser querido podría verse afectado negativamente en el plano psicológico; más concretamente, temen que piense que le dan la Comunión porque pronto va a partir de esta vida. Sin embargo, esta manera de pensar constituye un grave extravío. La Santa Comunión no solo abre el camino hacia la eternidad, sino que es también fuente de vida, pues concede salud y fortaleza a los cuerpos debilitados. Quienes participan con fe en la Santa Comunión, el Misterio de los misterios, comulgan con Cristo crucificado y resucitado, con Cristo, el Dador de vida: “En verdad les digo que, si no comen la carne del Hijo del Hombre y no beben Su sangre, no tendrán vida en ustedes”.

Así pues, muchas veces el enfermo sufre una injusticia precisamente por parte de sus seres más cercanos, quienes, por desconocimiento, lo privan del Pan de Vida de Cristo, de la ayuda del único Sanador de las almas y de los cuerpos, de la única vía hacia la sanación. Los enfermos que, aun estando hospitalizados, no dejan pasar la llamada de Dios pueden considerarse privilegiados. El beneficio que obtienen de su participación en los Santos Misterios es extraordinariamente importante, no solo para la salud del alma, sino también para la del cuerpo.

Convertidos desde ahora en hijos de Dios, estos hombres bendecidos reciben el auxilio benéfico de la Iglesia y, de este modo, logran regresar al seno de sus familias en cuanto superan el momento difícil, con una mentalidad mucho más constructiva, semejantes a resplandecientes meteoritos.

(Traducido de: Arhimandritul Eusebiu Giannakakis, În mijlocul durerii, la căpătâiul celor suferinzi, Editura Doxologia, Iași, 2013, pp. 59-60)



 

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