Palabras de espiritualidad

“La Natividad de Cristo, morada de Dios en el hombre y del hombre en Dios” (Carta pastoral de Navidad, 2023. Metropolitano Teófano)

    • Foto: Stefan Cojocariu

      Foto: Stefan Cojocariu

Esta es la fuente de nuestra alegría en la fiesta de la Natividad del Señor: la buena nueva de que nuestro Señor Jesucristo ofrece, a cada persona que cree en Él y persevera en vivir de acuerdo con Su voluntad, la posibilidad de hacerse hijo de Dios.

† TEÓFANO

Por la Gracia de Dios, Arzobispo de Iaşi y Metropolitano de Moldova y Bucovina.

Amados párrocos, piadosos moradores de los santos monasterios y pueblo ortodoxo de Dios, del Arzobispado de Iaşi: gracia, alegría, perdón y auxilio del Dios glorificado en Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo.

“En esto se ha manifestado el amor de Dios por nosotros: en que ha mandado a Su Hijo único al mundo para que nosotros vivamos por Él”. (I Juan 4, 9)

Amados hermanos sacerdotes y diáconos,

Venerables monjes y monjas,

Cristianos ortodoxos,

La gloriosa fiesta de la Natividad del Señor ofrece siempre un gran gozo al alma. Es una alegría santa, comprendiendo, de una manera u otra, a todo el hombre. Esa alegría se manifiesta en aquellos que creen e intentan profundizar mucho más en el misterio de la Encarnación del Hijo de Dios, pero también en esos otros que ven en el Nacimiento de Cristo solamente un motivo para compartir en torno a una mesa abundante, al lado de la familia o los amigos. Indiferentemente de cómo sea entendida, la alegría de esta fiesta existe. Su sentido —entendido o no—, lo conocemos gracias a los ángeles que, en aquella noche santa, les anunciaron a los pastores y, por medio suyo, a todos los hombres, “No tengáis miedo, pues os anunciamos una gran alegría, que lo será para todo el pueblo. En la ciudad de David hoy os ha nacido un Salvador, el Mesías, el Señor” [1].  

¿De dónde una alegría tan grande? San Atanasio el Grande nos responde: “La Palabra se hizo carne, para hacer al hombre capaz de recibir la deificación” [2]Son palabras grandes, palabras de fuego, palabras difícilmente entendibles para la lógica humana ordinaria: ¡Dios se hace hombre, para hacer dios al hombre! Esta realidad nos revela la verdadera relación entre Dios y el hombre, y, a la vez, el propósito para el cual hemos sido llamados por nuestro Creador: “Porque tanto amó Dios al mundo, que dio a Su Hijo único, para que quien crea en Él no perezca, sino que tenga vida eterna” [3]

Amados hijos e hijas espirituales,

Con el mismo acto de la creación, Dios llamó al hombre a convertirse en partícipe de la vida divina, es decir, a tener una vida imperecedera, en un diálogo de amor permanente con su Creador. Sin embargo, en el Paraíso, los primeros hombres, engañados por el demonio, creyeron que podían llegar a asemejarse con Dios, pero de otra forma: sin Dios, lejos de Él e incluso en contra Suya. En otras palabras, creyeron que podían realizar su propósito de un modo autónomo, por ellos mismos, sin vínculo alguno con Dios.

En realidad, esa decisión vino a representar una ruptura con la Fuente de la vida, Dios, y la instauración de una existencia que conoce, desde entonces, nada más que división, lucha entre hermanos, corrupción, sufrimiento y, finalmente, muerte. Para cambiar este curso de la historia, tal como recita aquel cántico de la Iglesia, “desde lo alto del Cielo, el Rey desciende entre nosotros, naciendo de una Virgen pura, siendo Dios [...] para llamar a Su seno, del pecado, al hombre que fue creado primero” [4]El Hijo y Palabra de Dios se hace hombre y asume nuestra naturaleza, es decir, nos comprende a todos nosotros, para alzarnos desde la descomposición y la muerte. San Simeón el Nuevo Teólogo dice que el motivo de la Encarnación de la Palabra de Dios es el de “participando de lo que nos es propio, hacernos partícipes de lo que es Suyo. Porque esta es la razón por la cual el Hijo de Dios se hizo hijo del hombre, para hacernos a todos nosotros, los hombres, hijos de Dios” [5]. Así pues, el Hijo de Dios viene al mundo como hombre, no para darnos una enseñanza nueva —por excelsa que pudiera ser—, ni para confiarnos un código de leyes al cual respetar, sino para ofrecernos Su vida misma y hacernos hijos de Dios “¡Mirad qué gran amor nos ha dado el Padre al hacer que nos llamemos hijos de Dios y lo seamos de verdad!”, exclama San Juan el Teólogo [6].

Esta es la fuente de nuestra alegría en la fiesta de la Natividad del Señor: la buena nueva de que nuestro Señor Jesucristo ofrece, a cada persona que cree en Él y persevera en vivir de acuerdo con Su voluntad, la posibilidad de hacerse hijo de Dios. Este es el centro de nuestra predicación cristiana, comenzando con los Santos Apóstoles y hasta nuestros días: con nuestro Señor Jesucristo la muerte fue vencida, y nosotros, los hombres, tenemos la manera de hacernos semejantes a Dios, de hacernos hijos Suyos.

Cristianos ortodoxos,

Con la Encarnación y el Nacimiento de Cristo somos llamados a seguirle a Él, es decir que nuestra vida tiene que ser paralelamente humana y divina, del mismo modo en que Cristo es, al mismo tiempo, Dios y Hombre. Para un cristiano verdadero, Dios no está en alguna parte en la lejanía, sino que, con sus propias fuerzas, cumple los mandamientos, sabiendo que en algún momento obtendrá una vida feliz. La auténtica vida cristiana implica un entrelazamiento continuo entre la voluntad del hombre y la voluntad de Dios: “... tal como una candela, aunque esté llena de aceite, aunque tenga una mecha o cualquier otra materia inflamable, se mantiene, antes de recibir el fuego y ser encendida, totalmente a oscuras, así también, el alma, aunque aparentemente esté ataviada con todas las virtudes, si no participa del fuego, es decir, si no participa del ser y la luz divina, se mantendrá apagada y entre tinieblas, y sis actos serán siempre dubitativos” [7], nos dice San Simeón el Nuevo Teólogo.

La verdadera vida cristiana se realiza en la Iglesia, en unión y comunión con todos los que han creído y creen en Dios. Y la Iglesia es, ante todo, la “morada del Espíritu Santo” [8] entre los hombres, la “experiencia viva de la nueva Vida" [9] , vida que recibimos en los Sacramentos y con nuestro esfuerzo permamente de seguir unidos a Cristo Mismo: “Yo soy la vid, vosotros los sarmientos. El que permanece unido a Mí y Yo en él, da mucho fruto; porque sin Mí no podéis hacer nada” [10]

El hombre que asume con seriedad su fe, conoce la verdad de las palabras pronunciadas por el salmista David: “No estaba en mi arco mi confianza, ni mi espada me hizo vencedor; […], sino que fueron Tu diestra y Tu brazo, y la luz de Tu rostro” [11]. Explicando estas palabras, el padre Rafael Noica subraya: “Sí, con su brazo golpeaba y con el arco disparaba” el rey David, pero todo el tiempo era consciente de que el auxilio y el poder venían de Dios [12]. En esta vida todos estamos llamados a utilizar con discernimeinto los resultados obtenidos con nuestro esfuerzo humano, por ejemplo, en la medicina, la técnica, la economía, la cultura, etc. No obstante, el auxilio principal viene de Dios, porque “el Padre es mi esperanza, el Hijo mi refugio, el Espíritu Santo mi protección” [13].

Amados hermanos y hermanas en Cristo, el Señor,

En consecuencia, regocijémonos espiritualmente en la fiesta de la Natividad de Cristo, obteniendo fuerzas de nuestra participación en los oficios de la Iglesia y, especialmente, en la Divina Liturgia, comulgando con Cristo. Aprovechemos, también, los momentos de descanso que nos brindan estos días, compartiendo un mayor tiempo de calidad con nuestros seres queridos. Asimismo, oremos más y con mayor fervor por nuestros semejantes que en estos momentos están enfrentando el sufrimiento, la enfermedad, la guerra o cualquier otro tipo de aflicción, para hacernos, así, hijos de nuestro Padre que está en los Cielos [14]. Quien rebosa sin cesar Su misericordioso amor sobre el mundo entero. 

¡Les deseo una fiesta de la Natividad del Señor con mucha paz espiritual y un Año Nuevo con esperanza y hermosas realizaciones en la vida propia, la vida familiar, la de la Iglesia y la de nuestra nación!

El servidor de cada uno de ustedes, orando a Dios por todos, 

† TEÓFANO

Metropolitano de Moldova y Bucovina

 

Notas bibliográficas: 

[1] Lucas 2, 10-11.

[2] Trei cuvinte împotriva arienilor [Tres prédicas en contra de los arrianos], colecţia „Părinţi şi Scriitori Bisericeşti – 15”, traducere din greceşte, introducere şi note de Pr. prof. Dumitru Stăniloae, Editura Institutului Biblic şi de Misiune al Bisericii Ortodoxe Române, Bucarest, 1987, p. 202.

[3] Juan 3, 16.

[4] Mineiul pe luna decembrie [Menaion del mes de diciembre], Editura Institutului Biblic şi de Misiune al Bisericii Ortodoxe Române, Bucarest, 2005, p. 438.

[5] „Suta a doua de capete teologice şi practice” [Ciento dos máximas teológicas y prácticas], 88, în Filocalia vol. 6, traducere din greceşte, introducere şi note de Pr. prof. dr. Dumitru Stăniloae, Editura Institutului Biblic şi de Misiune Ortodoxă, Bucarest, 2011, p. 108.

[6] 1 Juan 3, 1.

[7] Cateheze. Scrieri II [Catequesis. Escritos II]33, Studiu introductiv şi traducere de diac. Ioan I. Ică jr., Ed. Deisis, Sibiu, 1999, p. 338.

[8] Archimandrita Sofronio, Rugăciunea, experienţa Vieţii Veşnice [La oración, experiencia de la Vida Eterna], traducere diac. Ioan I. Ică jr., Ed. Deisis, Sibiu, 2007, p. 24.

[9] Alexander Schmemann, Euharistia. Taina Împărăţiei [La Eucaristía, Misterio del Reino], traducere de Pr. Boris Răduleanu, Ed. Anastasia, Bucarest [1993], p. 41.

[10] Juan 15, 5. 

[11] Salmos 43, 8. 5. 

[12] „Câtă vreme nu suntem în Dumnezeu, suntem în iad” [Mientras no estemos en Dios, nos hallaremos en el infierno], conferencia sostenida por el padre Rafael Noica en la iglesia “Consejo de la Madre del Señor” y “San Elías”, residencia metropolitana de Limours, Francia, el 19  de octubre de 2017, 

[13]„Rugăciunea Sfântului Ioanichie cel Mare” [Oración de San Joanicio el Grande], în Ceaslov, Ed. Institutului Biblic şi de Misiune al Bisericii Ortodoxe Române, Bucarest, 1990, p. 187.

[14] Mateo 5, 45.

https://doxologia.ro/ips-teofan-mitropolitul-moldovei-bucovinei-nasterea-lui-hristos-salasluirea-lui-dumnezeu-om-omului