La Protectora del Santo Monte Athos
Ustedes conocen la verdad, y de ella reciben la libertad interior. Y de la verdad y la libertad nace la serenidad del alma.
¿De qué se quejan, hermanos del Santo Monte Athos? ¿Y por qué están afligidas sus almas? ¿Los oprimen los hombres? Miren los pinos de Athos: ¡qué altos, rectos y esbeltos son, precisamente allí donde más unidos crecen!
Ustedes conocen la verdad, y de ella reciben la libertad interior. Y de la verdad y la libertad nace la serenidad del alma. De la serenidad brota la alegría. Durante muchos siglos, ustedes han sido portadores de alegría y sembradores de consuelo en los Balcanes. ¿Y ahora van a buscar consuelo en nosotros, que vivimos atrapados en las redes del mundo?
El mundo entero no puede darles ni una pizca del consuelo que les brinda su inmortal Soberana, la primera Hija del Emperador. Todas las advocaciones de sus numerosos iconos significan alegría y consuelo. Ustedes saben cómo el Señor les anunció a los apóstoles: “En el mundo tendrán aflicción”. ¿Qué fueron los apóstoles, sino ascetas itinerantes? El mundo entero fue su monasterio; pero, en aquel gran monasterio, cada uno de ellos tenía su propia celda, en la que el mundo, con sus escándalos y tempestades, no podía entrar: en el interior de sus corazones, como en celdas cerradas con llave, guardaban la verdad y la libertad, la serenidad y la alegría.
En aquellas celdas ocultas, sus almas se encontraban con el Espíritu de Dios, Dador de vida. Por eso podían resistir sin temor en el oscuro campo de batalla del mundo y brillar como rayos luminosos mediante la verdad y la alegría. Y ustedes se encuentran en el Monte Santo como en un puerto apacible frente al mundo. Aunque no se muevan de aquel lugar, la luz de su verdad y la fragancia de sus oraciones se perciben en el mundo.
Están clavados a la roca llamada Monte Santo, como los estilitas a sus columnas; en verdad, todos ustedes son estilitas. Si de vez en cuando las tempestades del mundo golpean su columna, ¿acaso deben temer? Miren cómo las blancas olas se estrellan con estruendo contra el Monte Athos y luego retroceden, dispersándose. De igual manera, las débiles olas de la maldad del mundo salpican sus santos monasterios, pero regresan avergonzadas a su cauce. Con su poderoso bastón, la Odigitria las pone en fuga. Cuando los hombres los opriman y no los dejen en paz, no miren a los hombres, sino a Ella: a su Purísima Señora y Protectora. Ella sabe cómo ajustar cuentas con todos los enemigos de su señorío y de su herencia.
(Traducido de: Sfântul Nicolae Velimirovici, Răspunsuri la întrebări ale lumii de astăzi: scrisori misionare, volumul I, traducere din limba sârbă de Adrian Tănăsescu-Vlas, ediția a II-a, Editura Sophia, București, 2008, pp. 128-129)
