No existe una receta universal para sanar el cuerpo o el alma

 

A algunos les es útil el elogio, a otros el regaño, pero todo en su debido momento. Porque puedes perjudicar elogiando o reprendiendo sin medida y cuando no es el momento propicio para ello.

Así como no se da a todos los cuerpos el mismo medicamento y comida, sino diferentes, como lo son también los cuerpos, sanos o enfermos, así también las almas deben sanar con diferentes enseñanzas y distintos medios. Testigos de los distintos medios para sanar, son las enfermedades de las personas. A algunos los sana la palabra, a otros tu propio ejemplo de vida. Algunos necesitan estímulo, otros freno. A los ociosos en hacer el bien debes espabilarlos usando la palabra cual látigo. Y a los encendidos con exageración en el espíritu, a esos que son difíciles de controlar en sus arranques, tanto que son como potros salvajes que saltan la cerca del corral, a esos es mejor contenerlos y frenarlos con la misma palabra.

A algunos les es útil el elogio, a otros el regaño, pero todo en su debido momento. Porque puedes perjudicar elogiando o reprendiendo sin medida y cuando no es el momento propicio para ello. Otra vez: a unos los corriges con tu consejo, a otros, reprendiéndolos. A unos los logras enderezar si los regañas frente a los demás, y a otros, si los aconsejas en secreto. Porque algunos desprecian los consejos recibidos “entre cuatro ojos”, sosegándose tan sólo al ser reprendidos en público; otros, al contrario, se empecinan más en su error, cuando los corriges frente a los demás, pero se hacen dóciles cuando les aconsejas en lo secreto, recompensando tu amor con su mansedumbre.

(Traducido de: Sfântul Grigore din Nazianz, Despre Preoție, traducere de Dumitru Fecioru, Editura Sophia, 2004, pp. 233-234)