No nos jactemos cuando ayudemos a nuestro hermano

 

Tristemente, eso es lo que suele ocurrir. Después de hacer algo por su semejante, el hombre se envanece en su corazón: “¡Qué bueno que lo ayudé! ¡Qué bien me siento ayudando!”. Pero ¿quién eres tú? ¿Quién?

Viene alguien a verme, conversamos sobre su problema, y encontramos una solución. Si digo: “¡Qué bueno que estaba aquí y pude ayudar a esa persona!”, ¡cuidado! ¡Qué caída! (es decir, para mí). Sucedió que yo estaba aquí, y, en verdad, pude ser de provecho para esa persona. Pero si yo no hubiera estado aquí, ¡seguramente Dios habría enviado a alguien más! Porque el Señor dice: “Puedo levantar hijos a Abraham aun de las piedras”.

Tristemente, eso es lo que suele ocurrir. Después de hacer algo por su semejante, el hombre se envanece en su corazón: “¡Qué bueno que lo ayudé! ¡Qué bien me siento ayudando!”. Pero ¿quién eres tú? ¿Quién?

Una cosa más… Cuando alguien les haga un bien, díganle: “En verdad eres una persona bendecida. Debemos agradecerle mucho a Dios por haberte ofrecido la posibilidad de hacer esto por mí. De lo contrario, Él abría enviado a alguien más en tu lugar”.

(Traducido de: Maica Gavrilia. Asceta iubirii, Editura Episcopiei Giurgiului, Giurgiu, 2014, pp. 452-453)