Para darle al Señor todo lo que somos

 

También nosotros podemos alcanzar la santidad divina con el ejercicio de la buena diligencia, ofreciendo a Cristo lo que somos “nosotros mismos, los unos a los otros, y toda nuestra vida”

Creados por Dios como la más sublime expresión de Su amor divino, todos estamos llamados a participar de la comunión eterna con Él, en compañía de aquellos que reflejan en la eternidad Su radiante santidad. Con todo, al igual que los santos que nos han antecedido —miles de mártires, “confesores” y otros hombres santos que “libraron la buena lucha” y salieron vencedores— también nosotros podemos alcanzar la santidad divina con el ejercicio de la buena diligencia, ofreciendo a Cristo lo que somos “nosotros mismos, los unos a los otros, y toda nuestra vida”.

Amonestando a los miembros de la Iglesia de Corinto, quienes se sentían tentados a caer en el pecado carnal (desenfreno), el Apóstol Pablo les pregunta retóricamente: “¿No sabéis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, que habita en vosotros, y que habéis recibido de Dios?”.  Y después les hace una aclaración que aun hoy causa estremecimiento: “Ya no os pertenecéis a vosotros mismos. Habéis sido comprados a gran precio; glorificad, pues, a Dios en vuestro cuerpo (I Corintios 6, 19‐20). Esa buena diligencia nos pide que “demos a Dios lo que es de Dios”. Tal como nos lo muestra la “Parábola de los talentos”, dicha gestión implica no solamente el cuidado sino también la multiplicación de los frutos: darle a Dios lo que es Suyo, para mayor gloria Suya y buscando la salvación del mundo.

(Traducido de: Preot Prof. Dr. John BreckDarul sacru al vieții, Editura Patmos, p. 17-18)