Para rechazar los sueños que nos envía el maligno

 

¡Vete, vete de mí, malvado, y llévate contigo todas tus artimañas! Cristo es mi Salvador. Él es para mí sólo luz y regocijo, gloria y exaltación, auxilio invencible y el más sólido muro en contra tuya.”

Traducción y adaptación: Jose David Menchu

«Oh, tú, que eres el más pérfido de los malhechores y enemigo de las almas, tú que ideas cualquier clase de maldades, en vano me perturbas con sueños durante la noche: sea con unos llenos de tristeza, o con otros más alegres. ¿O crees que con ellos podrías doblegar a mi alma y hacer que les preste atención, como si fueran cosas buenas? ¡Vete, vete de mí, malvado, y llévate contigo todas tus artimañas! Cristo es mi Salvador. Él es para mí sólo luz y regocijo, gloria y exaltación, auxilio invencible y el más sólido muro en contra tuya. Nunca me harás —¡y esto lo digo con toda mi esperanza puesta en Cristo!— considerar tus argucias como si se trataran de algo cierto.

Desde el principio supe que eras el enemigo de mi vida, un mal consejero y una víbora que sólo sabe dispersar su ponzoña; todo lo tuyo no es más que un engaño que nos aparta de Dios y nos lleva al infierno, aunque alguna vez muestres algo que parezca auténtico. Porque siempre que apareces es buscando perjudicar mi alma, y a veces te vales de algo con la apariencia de verdadero. Tal como el pescador arroja el anzuelo, no sin una intención oculta, utilizando un señuelo, también tú te esmeras en atraer el alma para después someterla terriblemente, llenándola de soberbia y arrojándola al abismo de la vanidad que tanto amas. O, mostrando a los asesinos de Cristo como si se hallaran en la luz, al lado de Moisés, y a Cristo con Sus discípulos en las tinieblas más profundas, quieres convencerla de unirse a los adversarios del Señor, tal como lo hiciste con aquel monje, valiéndote de una visión para llevarlo a renunciar a la fe correcta y aceptar la incredulidad de los judíos, misma que Dios detesta. Por eso, dichoso aquel que ha aprendido a odiar tus malvados propósitos, no sólo esos que son evidentemente malignos, sino también los otros que parecían virtuosos. Porque, en ti, miserable, se halla la semilla de cualquier vileza, misma que, siendo solamente fruto tuyo, guarda en su interior tu signo.

Todo tu afán y todo lo que haces consiste en engañar, por cualquier medio, a las almas de los hombres, sea por medio de las estrellas o con distintos hechizos, o con el vuelo de las aves, la observación de las nubes, las brujerías hechas con granos, el movimiento de los ojos o la lectura de las líneas de la mano. Con todo esto, malvado, seduces astutamente y apresas a los necios en las llamas de los tormentos del infierno. Sin embargo, no puedes ensuciar los pensamientos de esos que sirven con una fe fuerte e inamovible a Cristo, el Rey de todos, y a Dios. Ellos se hallan subidos a una sólida roca, la de los mandamientos divinos y del amor de Dios, ante la cual se desmoronan todos tus intentos. ¡Vete, y llévate contigo todas tus mentiras diabólicas, esas que destruyen el alma! Con todas esas artimañas tuyas deshonras también aquellos que no saben y desconocen tu maldad: a los ateos caldeos, a los orgullosos italianos y a los germanos, que en todo se someten a tus ficciones. Jamás podrás engañarme cuando te refieres a Daniel y José, quienes, gracias a sus perfectas virtudes, recibieron de lo alto la sabiduría necesaria para interpretar los sueños de los soberanos, según la voluntad divina. Yo nunca podría acercarme ni siquiera a la sombra de estos santos hombres, debido a mis innumerables y graves faltas. Ellos fueron como los ángeles incorpóreos. Yo, sin embargo, sólo en mi aspecto exterior y porque tengo una razón me distingo de cualquier becerro; en todo lo demás, por causa de mis pasiones, soy más que parecido a uno de esos animales».

(Traducido de: Sfântul Maxim Grecul, Viața și cuvinte de folos, Editura Bunavestire, pp. 74-75)