A propósito de la oración con la mente

 

Esto le decía San Agapito a San Teófano. No tendrás paz si sólo te quedas en la oración con la mente”

Traducción y adaptación: Jose David Menchu

El segundo estado de la oración es el de la mente. Los Santos Padres llaman a la oración con la mente el “hombre con una sola pierna” o “ave con sólo un ala”. Si creemos que la oración con la mente es una ya perfecta, nos engañamos rotundamente. Es sólo media oración. Cuando digo: “Señor Jesucristo, Hijo de Dios, ten piedad de mí, pecador (o pecadora)”, lo hago con mi boca y lo entiendo con mi mente; luego, he pasado a la segunda fase, a la oración con la mente. Pero, tampoco esta es todavía una oración completa. ¿Puede el ave volar con una sola ala o el hombre caminar con una sola pierna? Por eso es que se dice que es media oración. ¿Por qué? Porque en ella no participa el corazón. ¿Han leído la correspondencia entre Teófano el Recluso y Agapito el Ciego? La leí cuando estuve viviendo en el bosque. El hiero-esquema-monje Agapito, stárets del Monasterio Valaam, era mucho más experimentado que aquel obispo que llevaba 43 años viviendo encerrado. ¡A tal grado había llegado! Veamos lo que le pregunta el obispo: “¿Padre, qué es lo que más lamentas habiéndote quedado ciego?”. El stárets Agapito (quien perdió la vista en la vejez), le responde: “No tengo nada de qué lamentarme. Muchas cosas inútiles he visto con estos ojos, enfadando enormemente a Dios. Pero le agradezco a nuestro piadosísimo Señor, porque desde que estos ojos se quedaron ciegos, los otros se abrieron”, y esto no ocurrió sino por medio de la oración. Y, entonces, le pregunta San Teófano a San Agapito: “Padre santo, ¿qué haces con las imaginaciones santas durante la oración, cuando no tenemos permitido imaginarnos nada?”. Las imaginaciones son de tres clases: buenas, malas e intermedias. Las buenas son santas: te imaginas cómo lloraba la Madre del Señor al lado de la Cruz del Señor, la Crucifixión del Señor o Su Transfiguración. Esto, en principio, está permitido. Pero, las imaginaciones santas están afuera del corazón. Recordemos que la mente de Cristo no tuvo ninguna clase de imaginaciones. Y si nos limitamos a estas figuraciones, como al venerar los íconos, es que nos estamos quedando en la pura imaginación. Y Dios no puede ser abarcado por la imaginación de la mente, ni los querubines ni los serafines. Lo que debemos hacer es fundirnos en el amor a Dios desde el corazón, renunciando a imaginarnos cualquier cosa. Veamos lo que San Nilo el Asceta dice en la Filocalia: “¡Dichosa la mente que ha llegado a orar sin imaginarse a Dios!”. Porque la mente, cuando pasa a unirse con el corazón, encuentra dos peajes. ¿Cuáles son? San Teófano dice: “No te quedes en la oración con la mente, porque ahí es grande el bullicio”. Esto le decía San Agapito a San Teófano. “No tendrás paz si sólo te quedas en la oración con la mente”. En verdad, mientras sigamos orando sólo con la mente, nos hallaremos en medio de un jaleo muy grande, en medio de un zumbido como el de las avispas. Un poco con Dios, un poco con lo material, un poco en todas partes... ¡Mejor descendamos al corazón!

(Traducido de: Arhimandrit Cleopa Ilie, Despre rugăciune și treptele ei, Editura Trinitas, p. 6-8)