Palabras de espiritualidad

Saber entregarse

  • Foto: Oana Nechifor

    Foto: Oana Nechifor

El individualismo es una gran pérdida: significa vivir aislados del Creador y convertirse en un límite; y los límites, como dicen los Santos Padres, pertenecen a los demonios.

El individualismo parece ser una enfermedad de la sociedad. ¿Se ha extendido también entre los creyentes?

—Sí, es realmente un gran problema de la época histórica que estamos viviendo. Sin embargo, no quiero creer en absoluto que sea una enfermedad incurable. Lo importante es prestar atención a aquello que llevamos con nosotros cuando emprendemos el camino, porque todo camino largo comienza con un primer paso, siempre que ese paso esté bien orientado.

El individualismo no ha hecho más que aislar al hombre de uno de los propósitos fundamentales para los que fue creado. El hombre no fue creado únicamente para sí mismo; fue creado para toda la humanidad. La tragedia de toda la humanidad debe ser vivida como si fuera la nuestra. Llevamos también una responsabilidad por quien está a nuestro lado.

Ese es el sentido de la enseñanza cristiana sobre la creación, y es algo que debemos conocer. Desde el momento en que el hombre se aísla, establece una especie de alianza con el maligno, porque comienza a escuchar únicamente sus propios pensamientos.

Lo primordial en la concepción cristiana es el sacrificio. La condición para salvarse, es decir, para llegar a ser luz, es saber sacrificarse. En la Transfiguración del Señor, el Apóstol Pedro le dijo: “Señor, qué bien estamos aquí. Hagamos tres tiendas…”. Era como si el cielo y la tierra se hubieran unido. Pero el Señor le respondió: “Está bien, Pedro. ¿Pero qué haremos entonces con el sacrificio del Gólgota?”.

Una imagen que expresa esta idea del sacrificio es la vela: para dar luz, su mecha tiene que consumirse. La condición para iluminar es sacrificarse. Ese es el significado de la vela y de la lámpara de aceite. Si no sabemos sacrificarnos, nos quedamos estancados. El individualismo es una gran pérdida: significa vivir aislados del Creador y convertirse en un límite; y los límites, como dicen los Santos Padres, pertenecen a los demonios.

(Traducido de: Ne vorbește Părintele Arsenie, editia a II-a, volumul III, Editura Mănăstirea Sihăstria, 2010, pp. 97-98)