¡Sintamos la alegría de tener una Madre en el Cielo!
Sigamos adelante con alegría, sabiendo que pertenecemos a la Iglesia en la que la Madre de Dios ocupa el lugar que le corresponde, semejante al que tiene en el Paraíso.
Una tía mía, que en paz descanse, era animada por personas de otra confesión religiosa a que se pasara a su fe. Y ella les respondió así:
"Yo no me aparto de la Madre de Dios, yo no me aparto de la Iglesia. A mí me gusta cuando suena el simandrón, me gusta cuando repican las campanas; yo no me aparto de la Madre de Dios".
Así debemos hacer también nosotros: ¡no apartarnos de la Madre de Dios! Diga quien diga lo que diga, nosotros tenemos nuestras alegrías, tenemos la ayuda de la Madre de Dios, tenemos la dicha de tenerla como nuestra Madre. Y ya sabemos cómo es una madre... También nosotros tenemos, de alguna manera, el deber de pensar con el corazón de una madre y de adquirir un corazón materno. Pero mientras llegamos a tenerlo, ciertamente la Madre de Dios tiene para con nosotros un corazón de Madre.
Demos gracias a la Madre de Dios; demos gracias a nuestro Señor Jesucristo, que nos ha concedido también esta alegría de honrar a la Madre de Dios. Demos gracias a Dios por todo: por nuestra fe, por nuestra Iglesia, por todos los dones que hemos recibido en ella.Sigamos adelante con alegría, sabiendo que pertenecemos a la Iglesia en la que la Madre de Dios ocupa el lugar que le corresponde, semejante al que tiene en el Paraíso.
(Traducido de: Arhimandritul Teofil Părăian, Maica Domnului – Raiul de taină al Ortodoxiei, Editura Eikon, 2003, pp. 59-60)
