Todavía hay cristianos verdaderos

 

Necesitaría una cantidad ingente de papel, para poner por escrito los maravillosos ejemplos de cristianos auténticos que he conocido en mi vida, y a ti te haría falta tiempo para leerlos y endulzarte el alma…

¿Es que todavía hay verdaderos cristianos en el mundo? ¡Sí, los hay! Y en abundancia. Si no los hubiera, desde hace mucho se habría extinguido el soberbio sol. ¿Qué podría alumbrar tan preciosa candela, en semejante jaula de fieras? Créeme, hermano, necesitaría una cantidad ingente de papel para poner por escrito los maravillosos ejemplos de cristianos auténticos que he conocido en mi vida, y a ti te haría falta tiempo para leerlos y endulzarte el alma. Mientras tanto, examínate a ti mismo en el espejo de este breve relato:

Fue el año pasado, cuando estaba de visita en Maciva. Mientras esperaba el tren en una pequeña estación, vi que una anciana se acercaba caminando lentamente junto al andén. Su rostro marchito estaba completamente lleno de arrugas, pero resplandecía con esa luz que solamente se puede apreciar en las personas espirituales. Le pregunté:

—¿A quién espera, hermana?

—¡A quien me mande el Señor!, respondió ella.

Conversando con ella, me enteré de que cada día viene a la estación, a ver si encuentra algún viajero pobre, necesitado de alimento y hospedaje. Y, cuando es el caso, recibe al forastero en su hogar —que está a más o menos un kilómetro de distancia de la estación—, como si fuera un enviado de Dios. Me contó, además, que lee la Santa Escritura todos los días, que asiste frecuentemente a la iglesia, que ayuna y que procura respetar toda la ley de Dios. Más tarde, sus vecinos me confiaron que, para ellos, aquella mujer es una verdadera santa. Finalmente, intenté elogiar su evangélico amor al prójimo, pero antes de que terminara de hablar, me interrumpió para decirme:

—Padre ¿acaso nosotros no somos los huéspedes de Dios, cada día, durante toda nuestra vida?

Y, al decir esto, sus ojos se llenaron de lágrimas.

¡Oh, piadosa y dulce alma del pueblo! Mi joven amigo, si te haces llamar “maestro del pueblo”, puedes avergonzarte muchas veces. Pero si te llamas “discípulo del pueblo”, jamás tendrás de qué avergonzarte.

(Traducido de Episcopul Nicolae Velimirovici, Răspunsuri la întrebări ale lumii de astăzi- scrisori misionare, traducere Adrian Tănăsescu-Vlas, Editura Sofia, București, 2002, pp. 12-13)