Un bello y breve relato sobre la importancia de la humildad

 

Estemos atentos a no envanecernos, aunque cumplamos con los mandamientos de Dios. Mejor humillémonos en esta vida, para que, en la otra, que es eterna, seamos enaltecidos por siempre.

Traducción y adaptación: Jose David Menchu

Había una vez un virtuoso asceta que vivía en la soledad del desierto, quien, al enterarse de la muerte de su hermano, decidió llevarse a vivir con él al pequeño hijo de este, que entonces no tenía más de tres años. Así, el anciano se dedicó a criar y a educar correctamente al pequeño, enseñándole todas las disposiciones de la vida monacal.  Con el paso de los años, el monje vio con admiración cómo el muchacho crecía en la devoción y se sujetaba a una estricta regla de vida ascética: ayunaba, velaba y hacía postraciones, entre otras cosas. Por tal razón, el anciano daba gracias a Dios, convencido de que el chico había alcanzado ya la santidad. Pero ocurrió que, cuando acababa de cumplir 18 años, el muchacho murió. A partir de ese día, el anciano empezó a pedirle insistentemente a Dios que le mostrara en qué lugar del Cielo se encontraba su sobrino. Así, una noche tuvo una visión, en la cual vio al joven sumido en un lugar pestilente y oscuro. Entonces, confundido, el anciano empezó a clamar a Dios, entre lágrimas: ”¡Oh, piadosísimo Señor! ¿Cómo es posible que hayas enviado a alguien tan virtuoso al infierno, siendo casto y mesurado en todo? Nunca probó el pan y se alimentaba solamente de hierbas y agua, entre otras cualidades. ¿Por qué fue que lo enviaste al castigo del infierno?

Ni bien había terminado de pronunciar esto, cuando escuchó una voz que le decía: “¡No blasfemes, anciano, porque el Justo Diios nunca hace nada que no sea correcto! Cuando le enseñaste al muchacho las disposiciones del ascetismo, ¿por qué no le enseñaste también a practicar la humildad? Debes saber que él mismo creía que era santo, y por eso fue que terminó perdiendo su alma. Porque Dios se opone a los orgullosos”.

Así, hermanos, estemos atentos a no envanecernos, aunque cumplamos con los mandamientos de Dios. Mejor humillémonos en esta vida, para que, en la otra, que es eterna, seamos enaltecidos por siempre.

(Traducido de: Agapie Criteanu, Mântuirea păcătoșilor, p. 65)