Un consejo inmejorable para vencer nuestras pasiones
Los Santos Padres nos enseñan que cada pecado se vence practicando la virtud que se le opone. Así, el orgullo se vence practicando la humildad; el odio al prójimo, mediante el amor, etc.
El siguiente episodio es muy ilustrativo, a propósito de la humildad y la sencillez con las que le gustaba vivir. Uno de sus discípulos, que con el tiempo llegaría a ser un gran padre espiritual y un hombre de gran virtud, el padre Filoteo Zervakos, lo había conocido cuando todavía era director del Seminario de Atenas. Después se marchó al ejército y, más tarde, se hizo monje. Al enterarse de que San Nectario se encontraba ya en Egina, decidió ir a visitarlo para pedirle otros consejos espirituales.
Era una cálida tarde de verano. San Nectario, vestido con su hábito de trabajo y con un gorro manchado de cal en la cabeza, trabajaba al aire libre, cerca de la entrada del monasterio. Los demás trabajadores acababan de comer y descansaban a la sombra, un poco más allá. Al llegar al monasterio, el padre Filoteo no reconoció a San Nectario, debido a la ropa que llevaba, y creyó que era uno de los monjes que trabajaban allí. Acercándosele, le preguntó:
—¿Sabe usted si está el padre Nectario?
—Sí, está —respondió San Nectario.
—¿Está dentro, en el monasterio?
—Así es.
—¡Por favor, vaya y dígale que ha venido un hijo espiritual suyo, diácono, y que quiere verlo de inmediato!
—Como usted guste —respondió el santo, y lo invitó a esperar en una habitación que acababa de pintar.
Apenas cinco minutos después, regresó vestido con otro hábito, llevando el báculo episcopal y la cruz pectoral.
Atónito, el padre Zervakos se dio cuenta de que aquel a quien había hablado con un tono tan altivo era nada menos que su propio padre espiritual. Se arrodilló y, entre lágrimas, comenzó a pedirle perdón por su actitud. Y, por supuesto, en su bondad, el padre lo perdonó, lo abrazó con afecto y comenzó de nuevo, como de costumbre, a orientarlo con sus consejos espirituales. Entonces, el padre Filoteo le preguntó:
—¿Cómo puedo vencer el orgullo, padre?
Y el santo le respondió:
—Los Santos Padres nos enseñan que cada pecado se vence practicando la virtud que se le opone. Así, el orgullo se vence practicando la humildad; el odio al prójimo, mediante el amor; el amor al dinero, con la generosidad; la gula, mediante el ayuno y la moderación, y así sucesivamente.
Fue, pues, una lección de humildad que su discípulo jamás olvidaría.
(Diacon Nicușor Morlova, Sfântul Nectarie Taumaturgul, Editura Egumeniţa, pp. 43-44)
