Un hombre de fe verdadera
Su fe iba acompañada de la esperanza, porque es imposible tener fe sin esperar el cumplimiento de la promesa que el Señor Jesucisto nos hace.
¡Cuánto afecto siento por el centurión de Cafarnaúm! ¿Saben por qué? Porque también él fue muy querido por el Señor, en el sentido de que nuestro Señor Jesucristo se sintió admirado ante él. Cuando se acercó al Señor, en realidad estaba confesando su fe. Le dijo que tenía un siervo enfermo y le suplicó que lo sanara. Tenía la certeza de que el Señor podía hacerlo. Pero, además, creía que podía obrar ese milagro aun desde lejos, y no solamente estando presente.
Entonces dijo: “Señor, di solo una palabra y mi siervo quedará sano. Porque también yo soy un hombre bajo autoridad, y tengo soldados a mis órdenes; digo a uno: ‘Ve’, y va; a otro: ‘Ven’, y viene; y a mi siervo: ‘Haz esto’, y lo hace” (Mateo 8, 9).
El Señor Jesucristo se sintió admirado y dijo que ni siquiera en Israel había encontrado una fe tan grande. Su fe iba acompañada de la esperanza, porque es imposible tener fe sin esperar el cumplimiento de la promesa que el Señor Jesucisto nos hace. Y también tenía amor: amaba a su siervo, en una época en que los siervos eran despreciados. Además, poseía humildad, pues dijo: “Señor, no soy digno de que entres en mi casa”.
(Traducido de: Arhimandritul Teofil Părăian, Veniți de luați bucurie, Editura Teognost, Cluj-Napoca, 2001, pp. 162-163)
