Así fue como el Señor se impuso a la muerte
Si es Tu voluntad, quiero obedecer y caminar por la senda de la obediencia: obediencia hasta la muerte, y muerte de cruz.
¿Alguien ha leído un libro llamado La Confirmación de la Santa Resurrección? Es muy hermoso. Dice que, cuando el Arcángel Miguel llamó a las puertas del infierno, se dio dos veces la orden: «¡Alzad, príncipes, vuestras puertas, y elevaos, puertas eternas!». Miguel fue el primero en golpear las puertas del infierno. Y Satanás preguntó desde el abismo: «¿Quién es este Rey de la gloria?». Y él respondió: «El Señor, poderoso en la lucha».
La segunda vez llamó el Arcángel Gabriel, que estaba con el Señor: «¡Alzad, príncipes, vuestras puertas!» —no abrirlas, sino levantarlas con todo y sus postes, desde donde estaban asentadas— «¡para que entre el Rey de la gloria!».
Pero Satanás volvió a preguntar: «¿Quién es este Rey de la gloria?». «El Señor de los ejércitos, Él es el Rey de la gloria». Entonces todo se iluminó: nuestro Señor descendió al infierno y predicó durante treinta horas el Evangelio, como se dice en el Pentecostarion, para aquellos que lo esperaban y no lo habían visto, para los pueblos que no lo habían conocido.
Entonces, en el infierno, todos los profetas observaron cómo se cumplían sus profecías en el Gólgota.
Isaías, que había profetizado el nacimiento del Señor de la Virgen —«He aquí que la Virgen concebirá»—, profetizó también la Pasión: «y por Sus llagas todos nosotros fuimos sanados; era un hombre de dolores, experimentado en el sufrimiento». Y al verlo padecer, decía: «¿No anuncié yo al Mesías en mi profecía?».
Cuando vio que le daban vinagre en la cruz, David dijo: «Yo lo dije mil años antes: “Me dieron hiel por alimento y me dieron a beber vinagre”».
Cuando le traspasaron el costado, el profeta Oseas dijo: «¿No dije yo: “Mirarán al que traspasaron”?». Cuando le quitaron las vestiduras y los soldados echaron suertes por la túnica —tejida por la Madre del Señor, sin costura y de gran hermosura—, el profeta David volvió a decir: «¿Qué dije yo mil años antes? “Se repartieron mis vestidos y sobre mi túnica echaron suertes”».
Cada uno decía algo, y así se cumplía cuanto cada profeta había anunciado acerca de Cristo. Pero vino San Juan Bautista, a quien poco antes le habían cortado la cabeza, y dijo: «Vosotros habláis por el Espíritu Santo, pero yo soy quien lo tocó con mis manos en el Jordán y dio testimonio: “He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo”. Yo soy aquel de quien habló el profeta Zacarías: “Voz del que clama en el desierto: preparad el camino del Señor”. Yo vine antes, lo vi, lo palpé y sabía que venía».
A las puertas del infierno, cuando llegó el Señor y fue proclamada la venida del Rey de la gloria, se dice que el demonio comenzó a hablar con sus principales: «¡Callad, es un hombre, pues en el huerto de Getsemaní temía la muerte. Si fuera Dios, no temería la muerte».
Pero el maligno decía a los demás demonios: «¡Sois necios! Él os engañó para que no supierais, hasta el momento de la Resurrección, quién es Él. Fingía temer, como hombre, para engañaros».
Si realmente hubiera temido, no habría aceptado el cáliz del Padre. Pero quiso seguir el camino de la obediencia: «¡Hágase tu voluntad! Porque en el libro está escrito: “He venido para hacer tu voluntad”». Y en la Pasión no quiso ser altivo, entrar en el sufrimiento sin obediencia, sino siempre con obediencia: «Si es posible, pase de mí este cáliz; pero, si no, hágase tu voluntad».
Y esto, para enseñarnos a nosotros la obediencia: de este modo, cuando tengamos que enfrentar las más duras adversidades, debemos abandonarnos a la voluntad del Señor: «Señor, hágase tu voluntad». Yo, como hombre, procuro guarecerme; pero, si es Tu voluntad, quiero obedecer y caminar por la senda de la obediencia: obediencia hasta la muerte, y muerte de cruz.
(Traducido de: Arhimandritul Ilie Cleopa, Ne vorbește Părintele Cleopa, ediția a doua, volumul VI, Editura Mănăstirea Sihăstria, Vânători-Neamț, 2004, pp. 11-13)
