Basta un solo momento sin Dios…

 

Todos los que busquen cualquier clase de placeres, no podrán librarse de las tribulaciones, porque debajo de cada placer se esconde una serpiente.

La lucha espiritual se asemeja, de alguna forma, a las guerras del mundo. Tanto la primera como las otras te separan de la vida. Solamente la prueba de las tentaciones y las aflicciones de la “lucha invisible” consigue disipar por completo el gusto por las cosas de este mundo y llevarnos a una especie de muerte para el mundo, que es la humildad total, la condición esencial de la oración que no cesa.

Si, al contrario, la mente prefiere amar el señuelo y el consejo del astuto, inclinará la balanza del libre albedrío hacia ese engaño. Así es como aparece la primera grieta en la fortaleza del alma, por la cual empiezan a infiltrarse todos los enemigos que esperaban ocultos afuera. Y pronto sigue la triste desolación de la fortaleza interior del hombre.

Ahora bien, ¿de dónde surge tanta desolación? De un solo momento sin Dios en la mente, mismo que es aprovechado por el maligno para insertarnos el anzuelo del infierno en la garganta, hábilmente envuelto en algún señuelo de las cosas sensibles del mundo. El demonio nos tienta con el señuelo de los placeres para llevarnos a las pasiones, y siempre termina atrapando, al que tiene inclinación a la carnal, con el desenfreno; al que quiere racionalizarlo todo, con la “sabiduría” de este mundo (I Corintios 1, 20), que a muchos ha apartado de Dios, y de los cuales pocos han vuelto; a los que buscan la palabra de Dios los tienta con la Biblia misma (II Pedro 1, 20), de manera que en nuestros días podemos ver a muchos que viajan al infierno con la Escritura bajo el brazo. Todos los que busquen cualquier clase de placeres, no podrán librarse de las tribulaciones, porque debajo de cada placer se esconde una serpiente.

(Traducido de: Părintele Arsenie Boca mare îndrumător de suflete din secolul XX, Editura Teognost, Cluj-Napoca, 2002, p. 99)