¿Cuál es nuestra prioridad?
Pocos ponen su alma en manos de Dios, quebrándose como trozos de prosforon en cada Fracción del Pan, convirtiendo su corazón en altar y ofreciendo su vida por Cristo y por sus hermanos.
Cada cristiano tiene una vida religiosa con una intensidad distinta, personal y única. Unos son cristianos de Pascua en Pascua, fascinados por la luz de la Resurrección o por los villancicos de Navidad, devorando los acontecimientos con aditamentos de placer, esperando una nueva ocasión para la pereza, la gula o el exceso. Otros dicen creer en Dios, pero no tienen mucho tiempo para Él. El ritmo litúrgico les resulta molesto; el domingo es el día perfecto para pescar, para aletargarse frente al televisor o reunirse con los amigos. De vez en cuando, sobre todo cuando sucede alguna tragedia, cuando sobreviene alguna enfermedad o cuando hay que enterrar a algún ser querido, pasan por la Iglesia, marcan brevemente el libro de asistencia —dejan una lista de intenciones y peticiones— y prosiguen su viaje lo más lejos posible de las puertas del Paraíso. Algunas personas asisten con regularidad a la Liturgia de cada domingo, pero están irremediablemente infectadas por la superstición, es decir, por esa mentalidad mágica en la que Dios queda al otro lado de la bóveda celeste, esperando ofrendas y devolviendo beneficios como usura, según la estricta observancia de toda clase de reglas absurdas. Pocos ponen su alma en manos de Dios, quebrándose como trozos de prosforon en cada Fracción del Pan, convirtiendo su corazón en altar y ofreciendo su vida por Cristo y por sus hermanos. A menudo asistimos impotentes a la tendencia persistente de este mundo de poner límites entre nosotros y Dios, de fijar filtros de valor entre el alma-novia y el Esposo Cristo. El beso a través de un celofán ilustra mejor esta tendencia pecaminosa, por la cual sustituimos a Dios por ídolos creados o le inventamos dobles pertinentes ante los que nos inclinamos con cortesía, porque se parecen a nosotros en nuestras debilidades.
(Traducido de: Pr. Dr. Ioan Valentin Istrati, Lumina răstignită – Cuvinte pentru cei ce plâng, Editura Pars Pro Toto, Iaşi, 2014, pp. 130-131)
