De la Madre de Dios
La Virgen María es verdaderamente Madre de Dios, porque una madre no da a luz únicamente la carne de su hijo, sino también a su persona.
Este título de “Madre de Dios”, Theotokos, ha permanecido desde siempre como la denominación privilegiada de la Virgen María en todo el mundo ortodoxo. Los ortodoxos nunca la llaman simplemente “María” o únicamente “la Santa Virgen”. En la Ortodoxia, la oración equivalente al “Dios te salve, María, llena eres de gracia” es la siguiente:
“Madre de Dios y Virgen, alégrate, María, llena eres de gracia; el Señor está contigo. Bendita eres entre las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre, porque has dado a luz al Salvador de nuestras almas”.
La denominación de “Santísima”, Panaghia, también es de uso muy frecuente. Esta santidad suprema de la Madre de Dios es la consecuencia necesaria de su maternidad divina, que la sitúa en un orden único y superior, por encima de los Querubines y de los Serafines, de todos los ángeles y de todos los santos. Los textos litúrgicos emplean asimismo con bastante frecuencia la expresión “nuestra Señora”, equivalente al francés Notre Dame. Además, en los oficios de la Iglesia se utilizan numerosos títulos para nombrar o invocar a la Madre de Dios.
La Virgen María es verdaderamente Madre de Dios, porque una madre no da a luz únicamente la carne de su hijo, sino también a su persona. La Madre de Dios dio a luz, según la carne, al Verbo de Dios, a la segunda Persona de la Santísima Trinidad hecha hombre por la Encarnación. Esa carne, esa naturaleza humana, no constituye una persona humana independiente, sino la naturaleza humana asumida por la Persona del Logos. Y Él es verdaderamente Hijo de la Virgen María, del mismo modo que, desde toda la eternidad, en el seno de la Santísima Trinidad, es Hijo del Padre.
De la profunda relación que existe entre el misterio de la Encarnación y el de la maternidad divina de la Virgen María se desprende que, en el mundo ortodoxo, la Madre de Dios no es objeto de una devoción particular por la que sea venerada por sí misma, sin referencia explícita a su divino Hijo.
Por eso, salvo contadísimas excepciones, nunca es representada en los iconos sin Él.
(Traducido de: Părintele Placide Deseille, Credința în Cel Nevăzut, Editura Doxologia, 2013, p. 162)
