Del trabajo ascético para los cristianos de hoy en día
Ni el ayuno ni otras prácticas ascéticas buscan excelsos rendimientos espirituales, sino la cercanía con Dios mediante la renuncia al propio yo.
A veces los cristianos de la antigüedad recibían una sola palabra espiritual, pero la ponían en práctica durante toda su vida. En otras ocasiones, ni siquiera necesitaban una palabra, como aquel hermano del Paterikón que le dijo a San Antonio el Grande: “Me basta con verlo a usted, Padre”. Después de dos mil años de cristianismo, hoy en día solo quien no quiere no tiene acceso a las palabras salvadoras de la Sagrada Escritura y de otros escritos inspirados por el Espíritu Santo. El cristiano de hoy lee, escucha prédicas, asiste a conferencias o las escucha grabadas, mira programas edificantes, participa en círculos catequesis, en seminarios o en talleres de formación espiritual. Paradójicamente —o quizá no— posee mucho más conocimiento que los creyentes de antaño, pero pone en práctica mucho menos que ellos. Preferimos conocer los esfuerzos ascéticos de otros; leeríamos o escucharíamos hablar de ellos durante días enteros, antes que guardar un solo día de ayuno riguroso. ¿Será acaso el exceso de saber la causa del debilitamiento de la vida ascética actual?
Un análisis comparativo de la vida espiritual de ayer y de hoy lo encontramos en el archimandrita Juan Krestiankin (1910-2006), uno de los más conocidos padres espirituales de la Rusia ortodoxa. En el volumen de homilías “Hoy es el comienzo de nuestra salvación”, el autor constata que, debido a una mentalidad sometida al espíritu del mundo —tendiente a la búsqueda de placer y de comodidad— la cruz “es rechazada como una carga imposible” (pág. 109). El cristiano quiere ser parte del Cuerpo de la Iglesia, pero no está dispuesto a realizar el sacrificio de la negación de sí mismo que ello implica. Entonces traslada todo al ámbito del formalismo y del ritual vacío, iniciando un “juego de vida espiritual” que comienza “a inundar el mundo con una pseudo-espiritualidad” (p. 109).
Este camino es, evidentemente, perdición para el alma.
Sin embargo, en este contexto también es posible otro enfoque. Este supone tener la honestidad de reconocer que no cumplimos las exigencias del Evangelio y que no ponemos en práctica lo que confesamos con los labios. Es decir, dejar de engañarnos pensando que “estamos bien” y hacernos una radiografía implacable, poniendo el dedo de la conciencia sobre toda llaga oculta. Porque —subraya el padre Juan Krestiankin— la auténtica vida espiritual consiste en la “profundidad de la humildad” (pág. 110). Ahora bien, el comienzo de la humildad es la conciencia de la propia pecaminosidad y de la debilidad ontológica de nuestra condición creada (cf. Romanos 7, 14-25). Llegar a esta conciencia, según el modelo de los grandes ascetas de la Iglesia, parece ya no ser posible.
El padre Krestiankin, hombre que sufrió mucho durante el régimen soviético, un asceta que recibió numerosos dones, formula una constatación que a primera vista puede desalentar: “la experiencia espiritual de los Padres de la antigüedad, e incluso de otros más próximos a nosotros, no puede trasladarse a los tiempos actuales” (pág. 110-111).
Entonces, ¿qué puede hacer el cristiano de hoy? ¿Está condenado a la perdición solo porque le ha tocado vivir en los “últimos tiempos” (II Timoteo 3, 1)?
El optimismo soteriológico del padre Krestiankin se manifiesta, sin embargo, en las líneas siguientes: “Los Padres de la antigüedad llegaron a esta verdad (que tenemos una sola esperanza: ¡Dios!, nota del autor) gracias a sus grandes sacrificios ascéticos. Asumían conscientemente el peso y la amargura de las luchas, de las enfermedades y de la renuncia a sí mismos. En nuestros tiempos, esta verdad nos es dada por Dios sin nuestro aporte; se nos concede de manera clara y manifiesta. A los padres espirituales y a sus hijos espirituales no les queda sino comprender que su fuerza no está en los sacrificios ascéticos ni en el grado de instrucción, sino en la debilidad, que debe ser utilizada como medio de salvación, que debe ser aceptada, amada y llevada conscientemente a los pies de Dios, para que por medio de ella comience a obrar la Gracia y el poder de Dios, y Cristo tome forma en nosotros” (pág. 111).
Así pues, los esfuerzos espirituales y ascéticos no tienen otro fin que ayudarnos a adquirir la humildad, cuyo comienzo es la conciencia de una impotencia total y ontológica, la aceptación plena de la verdad pronunciada por el Salvador: “sin Mí nada podéis hacer” (Juan 15, 5).
Este es el primer sentido de la ascesis: comprender que no puedes apoyarte en absoluto en ti mismo, sino solo en Dios. Por ejemplo, cuando guardas un ayuno estricto, percibes cuán frágil es la condición de tu cuerpo y cuán grande es tu dependencia de la materia. Comprendes, desde la manera viva —no teórica—, que sin la misericordia y la Gracia de Dios nada es posible. En otras palabras, tal forma de ascesis te hace humilde. Ni el ayuno ni otras prácticas ascéticas buscan excelsos rendimientos espirituales, sino la cercanía con Dios mediante la renuncia al propio yo.
El principio paulino: “me gozo en las debilidades, en afrentas, en necesidades, en persecuciones, en angustias por Cristo; porque cuando soy débil, entonces soy fuerte” (II Corintios 12), puede aplicarse también hoy, según el modelo del padre Krestiankin.
Reconozco mis debilidades y hago de ellas un medio para alcanzar la salvación en tres pasos:
- Las acepto como propias, según la palabra del salmista: “mi pecado está siempre frente a mí” (Salmo 50, 4).
- Las “amo” —o, según la palabra recibida por San Siluano del Monte Athos, “no desespero”— no en el sentido de amar el pecado, sino en el sentido de acoger el hecho de que todas estas debilidades pueden volverse en mi provecho para alcanzar una justificación semejante a la del publicano (cf. Lucas 18, 10-14).
- Las “presento conscientemente ante los pies de Dios”, porque así se produce ese vaciamiento de sí mismo y doy lugar a que la Gracia Divina entre en mi corazón y obre para mi salvación, dándome la fuerza de desprenderme del pecado y de cumplir los mandamientos.
Aunque hoy el acento recaiga no tanto en la ascesis como directamente en la humilde asunción de nuestra total impotencia, “el objetivo permanece inmutable” (p. 106): el conocimiento de Dios. Conociéndolo por este camino y comprendiendo rectamente mi condición en el mundo, podré recibir luego el aliento de lo Alto y la fuerza para participar incluso en las labores ascéticas de los antiguos monjes y padres espirituales.
