El amor no sabe enfadarse ni acusar a nadie por sus faltas

 

Esta debe ser tu conducta: un trato afable y respetuoso con todos.

Traducción y adaptación: Jose David Menchu

Esfuérzate, al encontrarte con tu semejante, en honrarlo más de lo crees que se merece. Bésale las manos y los pies, tomándoselas con respeto, encomiándolo aún por eso de lo que carece. Y, al despedirte, deséale todo el bien y toda la honra. Porque de esta forma lo estarás atrayendo al bien, compeliéndolo a ruborizarse por la forma en que lo has tratado. Estarás sembrando en él las semillas de la virtud. Y, con este hábito, estarás sembrando en ti mismo la imagen de la bondad, que te llenará de mucha humildad, haciéndote capaz de cosas más grandes, sin mayor esfuerzo. Y si tu semejante tuviera sus propias caídas, con esta actitud tuya le estarás ayudando a sanar, al ruborizarlo con la honra que le ofreces. Esta debe ser tu conducta: un trato afable y respetuoso con todos. Y no enfades a nadie, regañándole por cuestiones de la fe o de sus malas acciones. Más bien líbrate de difamar o condenar a los demás. Porque tenemos un Juez imparcial en los Cielos. Y si quisieras ayudar a tu semejante a volver a la verdad, entristécete por él y, con lágrimas, dile una o dos palabras, sin sentir ningún enojo en contra suya, para que no te considere su enemigo. Porque el amor no sabe enfadarse ni acusar a nadie por sus faltas. El signo del amor y la sabiduría es la humildad, que brota de un buen conocimiento de Cristo Jesús, nuestro Señor, a Quien corresponde todo poder, junto al Padre y el Espíritu Santo, ahora y siempre y por los siglos de los siglos. Amén.

(Traducido de: Isaac Sirul, Cuvinte despre nevoință, în Filocalia IX, traducere din greceşte, introducere şi note de pr. prof. dr. Dumitru Stăniloae, Editura Humanitas, Bucureşti, 2008, p. 55)