Palabras de espiritualidad

El gozo de recibir al Señor

  • Foto: Oana Nechifor

    Foto: Oana Nechifor

Milagro permanente, amor sin medida, humildad inefable de Dios: todo esto lo contemplamos cada día sobre el Santo Altar.

El Sacrificio de la Cruz es pleno y redime para siempre al hombre; sin embargo, éste lleva aún las huellas de la corrupción introducida por el pecado, está sujeto a la muerte, y por eso es que la Santa Comunión siembra en el cuerpo perecedero la semilla de la resurrección, la garantía de la vida eterna, el “medicamento de la inmortalidad”, como decían los Santos Padres. Porque el Señor nos asegura: “Quien come Mi Cuerpo y bebe Mi Sangre tiene vida eterna, y Yo lo resucitaré en el último día” (Juan 6,54).

La Liturgia eucarística es la Liturgia de la humildad del Señor, la Liturgia de Su amor, el testamento de Su amor por los hombres: “Haced esto en memoria Mía”. Y en verdad, en cada Divina Liturgia se renueva el Sacrificio en memoria del Señor, que continuamente se ofrece para santificarnos siempre y atraernos hacia Sí.

En verdad, no hay nada más grande en el mundo que esto. Obra divina, milagro incesante, piedra de tropiezo:

  • ves pan y vino, y gustas Carne y Sangre;
  • recibes una partícula, y posees el Todo sin disminución;
  • está aquí, sobre este altar, y al mismo tiempo en todos los altares cristianos del mundo.

Milagro divino que se realiza al instante ante la súplica del sacerdote celebrante: ¡Dios Todopoderoso se pone a disposición del hombre! Milagro permanente, amor sin medida, humildad inefable de Dios: todo esto lo contemplamos cada día sobre el Santo Altar.

(Traducido de. Părintele Petroniu Tănase, Ușile pocăinței. Meditații duhovnicești la vremea Triodului, Editura Doxologia, Iași, 2011, pp. 113-114)