El inefable poder de sanación de la Eucaristía
El arrepentimiento y la lucha contra el pecado contribuyen, sin duda, a la sanación del hombre, pero no son suficientes ni aportan fruto alguno si no van acompañados del remedio perfecto que es la Eucaristía.
El Cuerpo y la Sangre de Cristo, al irradiarse en el cuerpo y en el alma de quien los recibe por medio de la Santa Comunión y al unirse con ellos, obran con una fuerza sanadora en todo el ser humano. Purifican el alma y el cuerpo de toda mancha del pecado y curan al hombre de las enfermedades de las pasiones que le han sobrevenido a causa de su descuido al vivir conforme a los dones recibidos en el Bautismo.
El arrepentimiento y la lucha contra el pecado contribuyen, sin duda, a la sanación del hombre, pero no son suficientes ni aportan fruto alguno si no van acompañados del remedio perfecto que es la Eucaristía. El Cuerpo y la Sangre de Cristo, como enseña San Nicolás Cabasilas, “restauran Su imagen en nosotros cada vez que da señales de querer deteriorarse”, “renuevan la antigua belleza de nuestra alma”, “sanan nuestra naturaleza cuando tiende a corromperse” y “fortalecen nuevamente la voluntad cuando vacila”.
(Traducido de: Jean-Claude Larchet, Terapeutica bolilor spirituale, Editura Sophia, Bucureşti, 2001 p. 311)
