El reflejo del amor de Dios
El hombre es el vínculo que une la tierra con el cielo. Su verdadera vocación es ser un ángel terrenal y un hombre celestial.
El Reino de nuestro Señor Jesucristo está constituido por seres espirituales e inmortales: “Diosos no es Dios de muertos, sino de vivos, pues para Él todos viven” (Lucas 20, 38); y también: “Si vivimos, para el Señor vivimos; y si morimos, para el Señor morimos. Así pues, sea que vivamos o que muramos, somos del Señor. Porque para esto Cristo vivió, murió y resucitó: para ser Señor tanto de los muertos como de los vivos” (Romanos 14, 8-9), tal como lo es su mismo Creador.
Estos seres son los ángeles y las almas de los hombres fieles a Dios. Los ángeles y las almas no son seres impersonales, sino personas (Teología de Rudakov).
Mientras el alma mora en el cuerpo, se encuentra en la tierra; pero, después de separarse de él, pasa al mundo de los ángeles, al mundo del más allá. El hombre, por su doble constitución —alma y cuerpo—, se encuentra en la frontera entre el mundo visible y el invisible, formando una maravillosa unión de espíritu y materia, de lo celestial y lo terrenal, de lo eterno y lo transitorio.
El hombre es el vínculo que une la tierra con el cielo. Su verdadera vocación es ser un ángel terrenal y un hombre celestial.
(Traducido de: Părintele Mitrofan, Viața repausaților noștri și viața noastră după moarte, Editura Credința strămoșească, Petru Vodă – Neamț, 2010, pp. 37-38)
