Palabras de espiritualidad

El vínculo vital entre el padre espiritual y su discípulo

  • Foto: Oana Nechifor

    Foto: Oana Nechifor

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Nada me aparta de la convicción de que Dios puede obrar en el corazón de los fieles, incluso por medio de un hombre pecador y lleno de debilidades como yo.

La relación entre el padre espiritual y el discípulo no es algo que necesariamente deba durar para toda la vida. Por razones objetivas —es decir, contando con la bendición respectiva— el discípulo puede buscar otro guía espiritual. Puede ser el caso de alguien que entra al monasterio, o cuando la distancia física es tan grande que hace muy difícil el encuentro entre ambos en el Sacramento de la Confesión. Pero también existen otras situaciones que justifican el cambio de padre espiritual. No es en absoluto un momento fácil —al menos para mí— cuando alguien te pide la bendición para entrar bajo la obediencia de otro. Como padre espiritual, como alguien que abre su corazón y lo entrega por completo por un discípulo, el momento de la separación es incluso más doloroso que cuando un padre “entrega” a su hijo en el casamiento. ¿Por qué? Porque de los hijos naturales uno espera que se vayan de casa, es algo completamente normal. Pero a un hijo espiritual puedes tenerlo a tu lado hasta la muerte... ¡con ese pensamiento lo asumes! Y, con todo, cuando Dios dispone o permite una situación así, uno procura ver el bien de su discípulo, apoyarlo para que permanezca en el camino correcto en esa nueva situación. Y, sobre todo, lo anima a confiarse por completo a la obediencia frente a su nuevo padre espiritual.

El cambio a un nuevo padre espiritual no significa necesariamente romper todo vínculo con el anterior. Hay quienes sienten la necesidad —por gratitud, por costumbre— de mantener de alguna manera el contacto con aquel bajo cuya estola se han arrodillado tantas veces. Es muy importante conocer dentro de qué límites se desarrolla la comunicación en estas situaciones. No hace mucho tiempo, me ocurrió algo que en su momento me entristeció profundamente y que me llevó a reevaluar muy seriamente la forma en que sigo relacionándome con quienes han sido mis discípulos. ¿Hasta qué punto y de qué manera puede ser útil una orientación espiritual “a distancia”? Este tema es aún más urgente para mí, sobre todo desde que estoy a cargo de un programa de diálogo directo (por teléfono y mensajes), tanto en un canal de la televisión local, como en el portal www,doxologia.ro, llamado “Pregunta al sacerdote”. Allí recibo muchas solicitudes de consejo, incluso por otras vías (correo electrónico, mensajería). Más allá de algunas respuestas concretas, siempre animo a mis interlocutores a buscar ponerse bajo la guía de un padre espiritual. Sé bien que las mejores respuestas y la orientación más edificante surgen en el encuentro directo, en el Sacramento de la Confesión. Pero, ¿acaso a “distancia” no se puede hacer nada?

El Santo Apóstol y Evangelista Juan, en su tercera epístola espiritual (que tiene un solo capítulo), se dirige a su discípulo, “el amado Gayo” (v. 1), de este modo: “Tenía muchas cosas que escribirte; sin embargo, no quiero escribírtelas con tinta y pluma, sino que espero verte pronto, y entonces hablaremos cara a cara” (III Juan 1, 14). Así pues, esas “muchas cosas” —que no deben entenderse necesariamente en sentido cuantitativo, sino más bien como una riqueza de significados y en múltiples niveles de comunión— se transmiten de manera directa, sin intermediarios. Dios Mismo, después de haber dado la Ley y de haber hablado por medio de los profetas del Antiguo Testamento, se hizo carne y “habitó entre nosotros” (Juan 1, 14) para hablarnos directamente, cara a cara. Más aún, después de la Resurrección ascendió al Cielo, porque esa “separación en unidad” nos convenía, ya que solo así podía enviarnos al Consolador (cf. Juan 16, 7). El Espíritu Santo es quien hace que nuestra relación con el Señor alcance la máxima intimidad; solo Él hace posible nuestra plena unión con Dios.

Sin embargo, existe también otra faceta del problema. A lo largo de la historia de la Iglesia encontramos numerosos testimonios de orientación espiritual transmitida por medio de cartas. Desde San Juan Crisóstomo hasta, por ejemplo, San Nicolás Velimirovich o el padre Sofronio Sajárov, hallamos una gran riqueza de enseñanzas, consejos, respuestas y referencias espirituales en textos transmitidos “a distancia”. Por lo tanto, también esta es una vía eficaz y bendecida, aunque no tenga la misma fuerza ni la misma profundidad que la guía espiritual en cercanía física. Y esa cercanía, como vemos en los relatos de los padres del desierto, a veces ni siquiera necesita palabras. Para transmitir algo del abbá al discípulo basta incluso la simple presencia o la convivencia durante un tiempo. El diálogo “a distancia” hace que todo sea más difícil, es cierto. Aquí todo depende no solo del nivel espiritual de quien aconseja, sino también de la honestidad de quien recibe el consejo. Lo decisivo es el deseo sincero de buscar una palabra que corrija y oriente, y no una que justifique. Porque cuando estamos en el Espíritu, toda distancia desaparece, se vuelve irrelevante.

La “distancia” de la que hablo tiene también otro matiz. Físicamente, alguien puede interactuar con su padre espiritual y, sin embargo, estar lejos de su espíritu. Puedes confesarte con alguien durante años, cumplir con el máximo rigor el canon establecido, y aun así no entrar en absoluto en la obra interior de tu guía. Puedes no conocerlo realmente —aunque te resulte tan familiar—, ni a él ni a su modo de obrar. Puedes estar a años luz de la manera en que él vive en Dios. Tal como al padre espiritual se le pide una entrega total hacia su discípulo, también a este último se le pide una confianza plena en su padre espiritual. Ambos, en su relación, buscan a Cristo el Señor —el Padre espiritual perfecto. En cuanto a la relación entre ambos, me identifico mucho —o al menos aspiro a ello— con las palabras del padre Epifanio Teodoropoulos: “En mi corazón solo hay entradas. No hay salidas. Quien entra, permanece allí. Haga lo que haga, lo amo igual que lo amé cuando entró por primera vez en mi corazón. Oro por él y por su salvación”.Y si alguien me considera indigno de seguir siendo su padre espiritual, o me usa como excusa para justificar que ha pecado, eso más bien me beneficia. Porque me consuela el Espíritu que viene junto con la conciencia de no haber hecho nada bueno por ningún discípulo. Con la capacidad de acusarme a mí mismo. Pero eso no me aparta de la convicción de que Dios puede obrar, aun así, en el corazón de los fieles incluso por medio de un hombre pecador y lleno de debilidades como yo, si así lo quiere.