“En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”

 

Cuando aceptamos a los espíritus de la oscuridad, los de la luz se alejan, en tanto que, cuando nos decidimos por los espíritus de la luz, los de la oscuridad huyen de nosotros.

“En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén”.

Con estas palabras empieza toda oración del cristiano. Con estas palabras nos dirigimos al Dios que es invisible, Uno y Trino, así como también a Sus ángeles y santos en el mismo mundo imperceptible. Porque, a nuestro alrededor se hallan los espíritus de la luz y los de la oscuridad. Tanto los unos como los otros están atentos a lo que hacemos, esperando a ver a quién elegimos, si a los espíritus de la luz o a los espíritus de la oscuridad. Cuando nos decantamos por unos, sea con nuestros pensamientos, nuestras palabras o nuestras acciones, los otros se apartan de nosotros. Cuando aceptamos a los espíritus de la oscuridad, los de la luz se alejan, en tanto que, cuando nos decidimos por los espíritus de la luz, los de la oscuridad huyen de nosotros. Cuando pronunciamos: “En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”, todas las oscuras huestes diabólicas caen una sobre otra al infierno, mientras nosotros conversamos, con nuestra oración, solamente con las fuerzas de la luz y el amor.

(Traducido de: Sfântul Nicolae Velimirovici, Prin fereastra temniței, Editura Predania, 2009, p. 121)