¿En verdad te esfuerzas, hermano?

 

Por el hecho de que queremos salvarnos y luchamos por conseguirlo, Él nos envía Su Gracia para ayudarnos: Tú pones tu voluntad, y recibes las fuerzas que necesitas.

¿Dios sabe de antemano quién se salvará y quién no, padre?

—¿Cómo no habría de saberlo? Pero, aunque lo sepa, hace todo lo posible porque cada uno de nosotros se salve. Él nos dio el libre albedrío. Él no actúa automáticamente: “Este se salva, este no… ¿Por qué? ¡Porque así lo quiero Yo!”. Insisto, tenemos un libre albedrío. Nuestro Señor sabía que Judas lo traicionaría. Por eso, conociendo que la codicia lo estaba tentando, le dio la bolsa con el dinero, para tranquilizarlo y ayudarlo a librarse de los pensamientos que lo estaban agobiando. Lamentablemente, al final esas ansias de enriquecerse lo llevaron a vender a su Señor. Pero Él buscó una y otra vez la forma de tranquilizarlo. Sin embargo, como dije antes, pudo más la insistencia del maligno, y Judas terminó traicionando al Señor, con Quien había caminado largas jornadas y comido juntos.

Dios no tiene predestinaciones. Las predestinaciones no existen. Él quiere que todos nos salvemos. Otra cosa es que Él sepa desde antes qué sucederá con cada uno. Y hace lo que sea para que no caigas en tentación. Por eso es que te guía, te orienta. Por eso es que te dio una mente, una capacidad de razonar, etc. Si sientes que no encuentras la salida, vas y le preguntas. Él sabe cómo se desarrolla la vida de cada uno de nosotros. Lo conoce, pero no es culpable si nos perdemos. Porque, si no nos hubiera dado el libre albedrío, no tendríamos mérito alguno. Dicho de otra manera: para que tuviéramos méritos en esta vida, Él nos concedió el libre albedrío, con tal que de que cada uno pudiera participar y labrarse la salvación de su alma. Por supuesto, ¡con nuestras simples acciones no nos podemos salvar! Pero, por el hecho de que queremos salvarnos y luchamos por conseguirlo, Él nos envía Su Gracia para ayudarnos: Tú pones tu voluntad, y recibes las fuerzas que necesitas. La pregunta para cada uno de nosotros es: ¿en verdad te esfuerzas, hermano?

(Traducido de: Ne vorbeşte Părintele Arsenie Papacioc, Vol. 4, Editura Mănăstirea Sihăstria, 2010, p. 136)