La alegría de las festividades que permanece con nosotros
Quien posee una conciencia limpia y practica las buenas obras puede vivir continuamente en fiesta.
Para que comprendamos bien que está a nuestro alcance vivir siempre en fiesta, que para ello no es necesaria una fecha determinada y que no estamos sujetos al tiempo, escuchemos lo que dice San Pablo: “Así pues, celebremos la fiesta…”. Cuando escribió estas palabras, no era un día festivo; con ello quería mostrar que la verdadera medida de la fiesta no es el calendario, sino la pureza del corazón.
Porque una fiesta, en su sentido más profundo, no es otra cosa que alegría; y la alegría espiritual no nace sino de la conciencia de haber obrado el bien. Quien posee una conciencia limpia y practica las buenas obras puede vivir continuamente en fiesta.
Por ejemplo, Pentecostés ya pasó, pero la fiesta no ha pasado en absoluto, porque toda santa asamblea es una fiesta. ¿Cómo lo sabemos? Por las palabras del Señor, que dice: “Donde dos o tres estén reunidos en mi nombre, allí estoy Yo en medio de ellos”. Y si Cristo mismo está presente en medio de los fieles congregados, ¿qué mejor signo podría haber de una verdadera fiesta?
Allí donde se unen la oración y la enseñanza, la bendición de los sacerdotes y la escucha de las leyes divinas, la comunión de los hermanos y el vínculo del amor auténtico; allí donde los hombres hablan con Dios y Dios habla con los hombres, ¿cómo no va a ser eso una fiesta, y una fiesta excelsa?
Lo que hace una fiesta no es la multitud de los reunidos, sino la virtud de quienes se reúnen.
(Traducido de: Sfântul Ioan Gură de Aur, Cuvinte alese, Editura Reîntregirea, Alba-Iulia, 2002, p. 61)
