La bienaventurada vida de un santo
El celo por honrar a Dios se manifiesta incluso por encima de los vínculos naturales, en tanto que el verdadero amor a Dios es más poderoso que el deber hacia nuestros propios parientes.
La hija de uno de los senadores estaba enferma y tenía los miembros del cuerpo debilitados, pero era muy piadosa y veneraba las cosas sagradas del cristianismo. En cambio, el cuñado de San Joanicio, hermano de su esposa, se enfurecía y enloquecía terriblemente contra los santos iconos de Cristo. Apiadándose de la hija del senador, con su oración y por medio de la Señal de la Cruz, San Joanicio la libró de aquella terrible enfermedad. En cuanto a su cuñado, puesto que, a pesar de instruirlo, no había manera de hacerlo desistir de aquella espantosa locura, decidió castigarlo. Así pues, pasando por alto los vínculos de parentesco y olvidando, por amor a la verdadera fe, los lazos de su propia sangre, con su oración hizo que quedara ciego.
Vemos, por tanto, cómo el celo por honrar a Dios se manifiesta incluso por encima de los vínculos naturales, y cómo el verdadero amor a Dios es más poderoso que el deber hacia nuestros propios parientes. En efecto, aquella mujer, aunque no era pariente suya, fue librada de sus sufrimientos porque honraba al Dios de los cristianos; mientras que a aquel hombre, a pesar de ser su cuñado, lo privó de la vista porque atacaba a los santos iconos. Y, al imponerle como castigo la ceguera de los ojos físicos, juzgó con rectitud lo que aquellos ojos, que sí veían, habían contemplado.
La traducción del texto neogriego ofrece una interesante paráfrasis de este último pasaje: “…y, mediante el castigo de la ceguera, le mostró cuán rectamente pueden ver los ojos del alma”.
(Traducido de: Everghetinosul, vol. I-2, traducere de Ștefan Voronca, Editura Egumenița, Galați, 2009, p. 85)
