La familia, el amor que sana
La familia cristiana no es una familia sin problemas, sino una familia que no intenta resolverlos sin Dios. Es el lugar donde el amor humano se encuentra con el amor de Dios y donde recibimos la fuerza para levantarnos cuando llegamos a caer.
Cada uno de nosotros lleva consigo, en la memoria y en el alma, la historia de su familia. Con sus cosas buenas y sus cosas malas. Para algunos, la familia es el lugar donde el alma descansa y el corazón rebosa de alegría. Significa calor, seguridad y un cierto estado de bienestar lleno de confianza que no han vuelto a experimentar en ningún otro lugar. La nostalgia y el anhelo de regresar a casa, a los momentos hermosos de la infancia, nos acompañan a todas partes. Para otros, sin embargo, la familia significa sufrimiento, incomprensión, ausencia y, en general, heridas de las que prefieren no hablar, o de las que hablan muy rara vez y con mucha dificultad. Ninguna familia está libre de pruebas, porque no hay una sola familia que esté conformada por personas perfectas.
En el Sacramento del Matrimonio, esas dos personas no se presentan ante Dios porque su amor sea perfecto. Se presentan ante Él, precisamente porque saben que el amor humano es frágil y vulnerable. Puede debilitarse y verse herido por el egoísmo, el cansancio, el orgullo o la incapacidad de perdonar. Por eso, los novios le piden a Dios Su ayuda; le piden que bendiga su unión y les conceda la fuerza para permanecer juntos. En lo profundo de este Sacramento podemos entrever una oración que bien podría expresarse con estas palabras: “Señor, Tu amor es perfecto, mientras que el nuestro todavía es débil. Danos de Tu amor, que es fuerte, para que el nuestro se fortalezca, resista las pruebas de esta vida, venza el egoísmo y, finalmente, triunfe también sobre la muerte. Ayúdanos a caminar juntos hasta Tu Reino, para participar de la alegría de la comunión contigo y con todos aquellos que te han amado”.
Y Dios no sustituye su amor, sino que lo purifica, lo fortalece y lo ayuda a crecer. La Gracia recibida en el Matrimonio no actúa sin la participación del ser humano. Una familia no se vuelve cristiana simplemente porque se haya celebrado el Sacramento del Matrimonio, sino porque los esposos procuran, día tras día, vivir aquello que pidieron al casarse: vivir en paz, en fidelidad y con la paciencia que se necesita para tener la fuerza de sobrellevar juntos todo lo que la vida trae consigo.
La familia puede ser llamada el “amor que sana”, porque nos libera del encierro en nosotros mismos. En la familia aprendemos que no somos el centro del mundo. Aprendemos a renunciar, a esperar, a pedir perdón y a alegrarnos por el bien del otro. Nuestro esposo, o nuestra esposa, nuestros padres, nuestros hijos o nuestros hermanos nos muestran no solo nuestras cualidades, sino también esas debilidades que preferiríamos que nadie conociera. En el seno de tu familia no te puedes esconder; por eso, la familia es el lugar donde se sana el egoísmo, el orgullo y el amor propio.
Sanar no significa que dejarán de existir los problemas o las heridas, sino que en el seno de nuestra familia aprendemos a ponerlos delante de Dios. Toda enmienda tiene su inicio, la mayoría de las veces, con una conversación sincera. Otras veces, con las palabras “perdóname”, o con la decisión de pasar tiempo juntos. Una de las pruebas más difíciles de la familia actual es que las personas viven bajo el mismo techo, pero ya no tienen tiempo las unas para las otras. Están físicamente cerca y, sin embargo, viven como extraños, cada uno en su propia soledad. Cada uno mira su propia pantalla, lleva a solas sus propias preocupaciones y esconde sus propias heridas. La sanación comienza con gestos sencillos: una noche apartando los teléfonos, una oración en común, una cena compartida y la disposición de escuchar al otro hasta el final. Aun quien proviene de una familia herida puede, con la ayuda de Dios, formar una familia hermosa. Nuestro pasado nos influye, sí, pero no nos condena. Las heridas que hemos recibido pueden transformarse, cuando se las presentamos Dios, en verdaderos manantiales de comprensión y misericordia hacia los demás. Quien ha conocido la soledad puede convertirse en una persona que no abandona a los demás. Quien ha sufrido por causa de la falta de comunicación puede aprender a escuchar. Aquel que no recibió suficiente amor puede decidir no transmitir a otros esa misma aridez.
La familia cristiana no es una familia sin problemas, sino una familia que no intenta resolverlos sin Dios. Es el lugar donde el amor humano se encuentra con el amor de Dios y donde recibimos la fuerza para levantarnos cuando llegamos a caer. La familia es el amor que sana cuando no preguntamos: “¿Y qué recibo yo?”, sino: “¿Qué puedo hacer para que la persona que está a mi lado esté bien, se sienta amada, escuchada y segura?”. Y allí donde una persona da un paso sincero hacia la otra, Dios sale al encuentro de ambas y lleva a su plenitud aquello que, por sí solo, su amor no podría realizar.
