La “Oración de Jesús”, reflejada en el rostro de un monje

 

La oración con la mente es algo que practicamos todos, en mayor o menor medida, pero en pocos alcanza la profundidad suficiente para llegar hasta el corazón…

En su resplandeciente rostro podía contemplarse una alegría beatífica, una luz triunfal, una profunda paz. En verdad, su faz reflejaba un resplandor claramente celestial. Esto se debía, seguramente, a que la mayor parte del tiempo estaba entregado a la oración con la mente, repitiendo sin cesar, en silencio, la oración “¡Señor Jesucristo, Hijo de Dios, ten piedad de mí, pecador!”, algunas veces de rodillas ante el ícono del Crucificado, otras veces cuando se tendía a descansar un poco, después de un día de trabajo extenuante. En lo que respecta a la oración con la mente, el stárets no solía dar consejos ni hablar de ella. Es posible que fuera porque nadie se lo pidió jamás, y nadie le preguntó cómo practicar esta oración o qué es lo que sucede al interior de aquellos que la practican, así como los frutos que esta ofrece al creyente. Pero, aunque no hablaba de estos temas con su boca, sí lo hacía con su sola presencia. Y quizás con una vehemencia mayor. Cualquier monje podía ver en su rostro los frutos de la oración, trabajados desde el corazón.

Desde luego, la oración con la mente es algo que practicamos todos, en mayor o menor medida, pero en pocos alcanza la profundidad suficiente para llegar hasta el corazón. Pocos son los que se afanan sobrepasando los niveles ordinarios, y todavía menos son aquellos que se hacen dignos de inenarrables experiencias espirituales, que brotan desde el corazón e inundan a todo el ser.

(Traducido de: Stelian PapadopulosFericitul Iacov Țalikis, Starețul Mănăstirii Cuviosului David „Bătrânul”, Editura Evanghelismos, București, 2004, pp. 232-233)