La oración, un lazo que nos une en la virtud
Cuando uno ore en voz alta y haya otro que no ore, porque su mente se dispersa, en cuanto oiga al primero orar, espabilará de su distracción.
Perseveremos en la oración; no creamos que las cosas grandes se alcanzan con facilidad. Trabajaremos, sí, sudaremos, y Dios verá nuestro esfuerzo y nuestra humildad, y entonces Él nos concederá con delicadeza el don de la oración. Cuanto más oremos, más alegría daremos a los demás —sobre todo, a Dios— y más se endulzarán y se llenarán de consuelo nuestras almas.
Así es como debemos ayudarnos recíprocamente: cuando uno ore en voz alta y haya otro que no ore, porque su mente se dispersa, en cuanto oiga al primero orar, espabilará de su distracción. Y su conciencia lo reprenderá por no orar y permanecer con la mente distraída. Así, también él empezará a orar, y de este modo se cumplirán aquellas palabras: “Un hermano que ayuda a su hermano es como una ciudad fortificada” (Proverbios 18, 19) y “llevad mutuamente vuestras cargas” (Gálatas 6, 2).
(Traducido de: Comori duhovniceşti din Sfântul Munte Athos – Culese din scrisorile şi omiliile Avvei Efrem, Editura Bunavestire, 2001, p. 282)
