“La Resurrección del Señor, fuente de nuestra libertad” (Carta pastoral de Pascua, 2026. Metropolitano Teófano de Moldova y Bucovina)
Que la paz y la alegría de la Resurrección penetren en cada hogar, en cada familia y en el corazón de todos, y que, fortalecidos en el misterio de la victoria de Cristo sobre el infierno, el pecado y la muerte, proclamemos todos juntos: ¡Cristo ha resucitado!
† TEÓFANO
Por la Gracia de Dios, Arzobispo de Iaşi y Metropolitano de Moldova y Bucovina.
Amados párrocos, piadosos moradores de los santos monasterios y pueblo ortodoxo de Dios, del Arzobispado de Iaşi:
Gracia, alegría, perdón y auxilio del Dios glorificado en Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo.
«Si el Hijo os hace libres, en verdad seréis libres» [1].
Amados hermanos sacerdotes,
Venerables moradores de los santos monasterios,
Cristianos ortodoxos,
¡Cristo ha resucitado!
Cada año, recibimos la Resurrección de Cristo con alegría y esperanza. A medianoche, con velas en las manos y rostros luminosos, nos reunimos alrededor de las santas iglesias y recibimos la buena nueva: que Cristo ha resucitado, venciendo a la muerte. Con esto nos asemejamos a las miróforas que, corriendo desde muy temprano al sepulcro, no encontraron el cuerpo de nuestro Señor Jesucristo.
El fuerte temblor de tierra que en se momento se sintió y el rodar de la piedra llenaron de temor a los soldados que custodiaban el sepulcro, al punto de que «quedaron como muertos» [2]. Al mismo tiempo, un ángel, revestido de una luz resplandeciente, les enseñó a las miróforas «el lugar donde había sido colocado» [3] el cuerpo del Señor y les aseguró que Cristo había resucitado: «¡No temáis!» [4], sino «id pronto y anunciad a Sus discípulos que ha resucitado de entre los muertos» [5].
Desde allí, desde el sepulcro vacío, la verdad de la Resurrección de Cristo se fue divulgando por todo el mundo, hasta nuestros días. Esta verdad es el fundamento de nuestra fe y la certeza de que también nosotros resucitaremos, como da testimonio el Santo Apóstol Pablo: «Cristo ha resucitado de entre los muertos, siendo primicia de los que durmieron» [6], porque «Cristo, una vez resucitado de entre los muertos, ya no muere; la muerte ya no tiene dominio sobre Él» [7].
Amados hijos de la Iglesia de Cristo,
Vivimos la fiesta de la Pascua, así como los días que le siguen, con mayor intensidad y alegría que el resto de los días del año. Una profunda paz envuelve nuestra alma y, por un tiempo —más prolongado o más breve—, el ritmo de nuestra vida se torna diferente. Es como si hubiéramos entrado en otra dimensión, en otro mundo. El tiempo parece detenerse por un instante y nuestras preocupaciones, inquietudes y angustias quedan, de algún modo, atrás.
¿Qué sentimos en la noche de la Resurrección y en los días que siguen? Más paz, más esperanza, más alegría y más amor. Y si la paz, la esperanza, la alegría y el amor nos envuelven, nos sentimos más libres frente a las ataduras internas o externas de nuestra vida cotidiana. Las cadenas del pecado, nuestras distintas pasiones o dependencias, aunque no desaparecen por completo, en cierta medida se debilitan, y nuestra alma comienza a respirar un aire de libertad.
Igualmente, los cristianos que se esfuerzan por vivir en el espíritu litúrgico de la vida de la Iglesia, experimentan ese mismo sentir en otros días o momentos del año. Así, al orar, al arrepentirse, después de confesarse, en los domingos y días festivos, cuando participan en la Divina Liturgia y reciben el Cuerpo y la Sangre del Señor, el sentimiento de libertad interior, la alegría, la paz y la esperanza los envuelven, haciéndoles experimentar la vida eterna ya desde este mundo.
Cristianos ortodoxos,
Los cánticos del tiempo pascual nos presentan a nuestro Señor Jesucristo descendiendo «a lo más profundo de la tierra» [8], es decir, al infierno, y liberando a nuestros primeros padres, Adán y Eva, «junto con todo el linaje humano» [9]. Esta misma verdad es subrayada también por el Santo Apóstol Pablo cuando dice que, «con Su muerte» [10], Cristo liberó «a aquellos que, por el temor a la muerte, estaban sometidos a esclavitud durante toda su vida» [11]. ¿Qué significa esta esclavitud que trae consigo el miedo a la muerte?
Según la enseñanza de nuestra Iglesia, hay una sola esclavitud verdadera: la del pecado. «Todo el que comete pecado es esclavo del pecado» [12], dice el Señor, y el Santo Apóstol Pablo nos muestra también su consecuencia: «la retribución del pecado es la muerte» [13]. ¿Por qué? Porque el pecado, como una elección equivocada, como una forma de vida sin Dios y fuera de Dios, separa al hombre de su Creador, de la Fuente de la vida. Y fuera de Dios, que es la Fuente de la vida, el ser humano muere. Así, el pecado es una acción de la muerte en nosotros, una inmersión en la muerte, un llenarnos de muerte. Por eso, aunque el ser humano continúe viviendo en la tierra un cierto número de años hasta el momento en que le sobrevenga la muerte biológica, mientras permanezca esclavizado por el pecado, vivirá desde ya su propia muerte. Mientras persista en esta condición, el pensamiento de la muerte lo llenará de pavor: «El que teme a la muerte es esclavo, y todo lo soporta con tal de no morir» [14], afirma San Juan Crisóstomo.
La Resurrección de Cristo representa la victoria sobre la muerte y la liberación de la esclavitud del pecado. Cristo Resucitado nos abre el camino hacia una vida nueva, que recibimos de Dios. Ese mismo Cristo, que resucitó de entre los muertos hace dos mil años, que resucitará nuestros cuerpos en el último día, es quien ahora alimenta nuestra vida con el poder de Su Resurrección. «Yo soy la vid, vosotros los sarmientos. El que permanece en Mí y Yo en él, ese da mucho fruto, porque sin Mí no podéis hacer nada», asegura [15]. Al injertarnos por el Bautismo en Su Cuerpo, que es la Iglesia, Cristo nos lleva a «la libertad gloriosa de los hijos de Dios» [16], elevándonos así de la condición de esclavos a la de hombres libres. «Y porque somos hijos, Dios ha enviado a nuestros corazones el Espíritu de Su Hijo, que clama: ¡Abbá, Padre! De modo que ya no eres esclavo, sino hijo; y si hijo, también heredero por voluntad de Dios» [17].
Amados fieles,
Estamos llamados a convertirnos en hijos de la Resurrección, venciendo en nosotros mismos la esclavitud del pecado y el temor a la muerte, porque, como dice el Santo Apóstol Pedro: «aquello que te domina, eso mismo te esclaviza» [18].
Al mismo tiempo, estamos llamados a dar testimonio al mundo del amor misericordioso de Dios, de que Él es «el Camino, la Verdad y la Vida» [19], el único que puede saciar la sed de plenitud del ser humano. Esto es aún más necesario hoy, cuando «el espíritu de este mundo se manifiesta en el orgullo, la ingratitud y la desobediencia, en “los deseos de la carne y los deseos de los ojos” (1 Juan 2, 16), en la sed de poder y el deseo de dominar a los demás, de manipularlos y, por lo tanto, en una alarmante falta de amor, un fuerte espíritu competitivo y una dura lucha por la supervivencia» [20]. El hombre de nuestros días, al alejarse de Dios, pierde su libertad, volviéndose cada vez más esclavo de la tecnología y del mundo virtual, de los pecados del cuerpo en todas sus formas, de los juegos de azar y de muchas otras cosas.
Frente a tantos desafíos, tanto interiores como exteriores, que llaman a la puerta de nuestro corazón, junto con el Santo Apóstol Pablo le pido a Dios que «os conceda, según la riqueza de Su gloria, que seáis fortalecidos por la acción de Su Espíritu en el hombre interior, que Cristo habite por la fe en vuestros corazones, para que, arraigados y cimentados en el amor, podáis comprender con todos los santos cuál es la anchura y la longitud, la altura y la profundidad, y conocer el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento, para que os vayáis llenando hasta la total Plenitud de Dios» [21].
Que la paz y la alegría de la Resurrección penetren en cada hogar, en cada familia y en el corazón de todos, y que, fortalecidos en el misterio de la victoria de Cristo sobre el infierno, el pecado y la muerte, proclamemos todos juntos: ¡Cristo ha resucitado!
Suyo, en oración y partícipe junto a ustedes del misterio de la Resurrección de Cristo,
† TEÓFANO
Metropolitano de Moldova y Bucovina
Notas bibliográficas:
[1] Juan 8, 36.
[2] Mateo 28, 4.
[3] Mateo 28, 6.
[4] Mateo 28, 5.
[5] Mateo 28, 7.
[6] 1 Corintios 15, 20.
[7] Romanos 6, 9.
[8] Canonul Învierii [Canon de la Resurrección] Cântarea a şasea, Irmosul, în „Slujba Învieriiˮ, Editura Instititutului Biblic și de Misiune Ortodoxă, Bucarest, 2010, p.31.
[9] Canonul Învierii [Canon de la Resurrección] Cântarea a şasea, stihira a doua, în „Slujba Învieriiˮ, Editura Instititutului Biblic și de Misiune Ortodoxă, Bucarest, 2010, p.31.
[10] Hebreos 2, 14.
[11] Hebreos 2, 15.
[12] Juan 8, 34.
[13] Romanos 6, 23.
[14] Tâlcuire la Epistola către Evrei [Interpretación de la Carta a los Hebreos], traducere din limba greacă veche de Mitropolitul Veniamin Costachi, Ed. Doxologia, Iaşi, 2025, p. 63.
[15] Juan 15, 5.
[16] Romanos 8, 21.
[17] Gálatas 4, 6-7.
[18] II Pedro 2, 19.
[19] Juan 14, 6
[20] Archim. Zacarías Zaharou, Merinde pentru monahi [Merienda para monjes], ed. a II-a, Ed. Nicodim Caligraful /Sfânta Mănăstire Putna, 2013, p. 117.
[21] Efesios 3, 16-19.
