La vida con Dios
Donde Él no está, la vida se transforma en muerte, pues solo Él hace que la vida sea vida.
¿Qué es la vida —la vida verdadera, real— y cuál es la medida de la vida? Una vez más, es la Persona del Dios-Hombre, Cristo, y no Su enseñanza separada de Su Persona vivificante y milagrosa. Ningún hombre se ha atrevido jamás a decir: “Yo soy la vida”, porque todo ser humano es mortal.
Pero el Dios-Hombre afirmó con firmeza: “Yo soy la Vida” (Juan 14:6). Y lo dijo con toda verdad, porque Él venció a la muerte por medio de la resurrección y se manifestó eternamente vivo mediante Su ascensión al cielo y Su presencia sentado a la diestra del Padre.
Por eso, el Dios-Hombre es la Vida y el criterio de la vida. Todo lo que no es de Él es mortal. En Él, la vida tiene su “Palabra” y su propia lógica, porque posee en sí misma su eternidad divina. Como Logos divino eterno, Él es la vida y la luz de los hombres (cf. Juan 1:4), porque la vida es verdaderamente vida por medio de Él. Donde Él no está, la vida se transforma en muerte, pues solo Él hace que la vida sea vida. La caída lejos de Aquel que es la Vida termina siempre en la muerte. Así, en Él, el Logos y la lógica de la vida encuentran la única justificación verdadera posible de la vida humana dentro del tiempo y del espacio.
La vida eterna está unida y se sostiene junto al bien eterno, la justicia, la verdad, la sabiduría y la luz eterna. Cuando el Salvador declaró: “Yo soy la Vida”, también expresó esto acerca de Sí mismo: Yo soy el Bien, la Justicia, la Verdad, la Sabiduría y la Luz, porque todo esto se halla unido en Él. Él es, asimismo, el criterio supremo de todas estas realidades. Por Su Persona perfectísima, el Dios-Hombre, que no tiene pecado, representa en el género humano el único criterio infalible de la vida, del bien, de la justicia, de la verdad, de la sabiduría y de la luz en su totalidad.
El Dios-Hombre es el valor supremo, el más perfecto, el único valor eterno y, por lo tanto, el criterio perfecto y supremo de la verdad, de la vida, de la justicia, de la paz, del bien y de la sabiduría.
(Traducido de: Sf. Nicolae Velimirovici, Sf. Justin Popovici, Lupta pentru credință și alte scrieri, traducere de prof. Paul Bălan, Editura Rotonda, Pitești, 2011, pp. 126-127)
