Palabras de espiritualidad

Nuestra lucha contra el pecado

  • Foto: Oana Nechifor

    Foto: Oana Nechifor

Cuanto más valientemente luche alguien, sin someterse a ninguna influencia pecaminosa, más pronto comenzarán a debilitarse las pasiones.

La principal tarea que tenemos por delante es luchar contra el pecado. ¡Lucha, no te rindas, y vencerás, y el pecado no tendrá lugar en ti! Si los demás hacen lo mismo, tampoco habrá pecado en ellos, y en todas partes se establecerá el luminoso reino de la santidad y la justicia.

Quien combate necesita tener armas y saber cómo utilizarlas; en otras palabras, necesita saber cómo luchar. En otra ocasión les hablé de la panoplia cristiana y les expliqué que es absolutamente necesario que se armen con ella. Recuerden cuáles son las armas de esta panoplia: el ayuno, la soledad, la vigilia, el cuidado de los sentidos, las postraciones, la participación en los oficios litúrgicos en la iglesia, la lectura de la Palabra de Dios y de los escritos de los Santos Padres, la obediencia en todas las cosas, la vigilancia sobria sobre uno mismo, la oración y la fe. Han visto que todas ellas se desprenden de nuestra propia naturaleza y de la manera en que se desarrolla este combate; por eso pueden estar seguros de que todas son absolutamente necesarias para llevar adelante nuestra lucha contra el pecado.

Supongamos, sin embargo, que alguien se ha armado con todas estas armas. ¿Ya lo ha hecho todo? No. Todavía le queda utilizarlas, y no de cualquier manera, sino de acuerdo con el objetivo que persigue. No me pondré a describir detalladamente cómo se lleva a cabo el combate espiritual. Es un tema muy amplio. Solo les mostraré los métodos principales, que son suficientes para asegurarles el éxito en la lucha.

Uno. Ni siquiera pensemos en declarar la guerra a todo el ejército de las pasiones, sino armémonos cada vez contra esa pasión que en ese momento nos está atacando. ¿Nos combate la soberbia? Luchemos contra la soberbia. ¿Nos ataca la ira? Luchemos contra la ira. ¿Nos doblega la envidia? Luchemos contra la envidia. Luchemos contra el enemigo que tenemos delante; contra él tenemos que dirigir todas nuestras “fuerzas armadas” y toda nuestra atención. El enemigo nos tiende una trampa desviando nuestras fuerzas hacia un lugar distinto de aquel de donde procede el peligro.

Dos. Apresurémonos a distinguirnos del enemigo y a ponernos en contra de él. En el combate espiritual no ocurre lo mismo que en una batalla corporal. En una batalla corporal, el enemigo se presenta ante ti y puedes verlo; pero en el combate espiritual, tanto el enemigo como nosotros estamos en una misma alma y en un mismo corazón. Y toda la dificultad proviene, en gran medida, de que no sabemos distinguir al enemigo de nosotros mismos ni separarnos de él.

Creemos que el movimiento pasional que nos perturba somos nosotros mismos, que forma parte de nuestra naturaleza, que es una exigencia natural que debe ser satisfecha; cuando en realidad no nos representa a nosotros ni a nuestra naturaleza, sino a nuestro enemigo, que ha venido de otra parte. Este engaño es la fuente de todas nuestras caídas en el pecado y de todas nuestras acciones equivocadas. Si lográramos distinguir la pasión de nosotros mismos, viéndola como algo hostil a nosotros, no nos dejaríamos convencer para satisfacerla; al contrario, sentiríamos hacia ella odio y oposición.

Tres. Después de haber separado de nosotros la pasión que perturba nuestra paz y haberla reconocido como enemiga, comencemos a luchar contra ella, utilizando un arma tras otra, hasta que huya y se esconda de nosotros o hasta que nuestra alma alcance el descanso. Ayunmos, oremos, leamos, meditemos, hablemos con nuestro padre espiritual, asistamos a la iglesia, hagamos postraciones en casa; en una palabra, valgámonos de todos los medios que consideremos apropiados para vencer al enemigo.

A veces la pasión se esconde rápidamente; otras veces combate durante mucho tiempo. Nuestra tarea consiste en no desfallecer, sino perseverar con fortaleza en los esfuerzos de la lucha, hasta que no quede ni rastro del enemigo en el terreno de nuestra alma.

Cuatro. El enemigo ha sido expulsado, la pasión ha sido extinguida y el alma ha alcanzado el descanso. Nunca creamos, sin embargo, que hemos herido de muerte a aquella pasión. No. Simplemente se ha apartado por un tiempo, porque no ha podido resistir el ímpetu de nuestras fuerzas; pero, en cuanto se presente la oportunidad, se levantará rápidamente y comenzará de nuevo a luchar.

Hemos vencido la pasión en una sola ocasión; pero ella encontrará miles de ocasiones semejantes, y volverá a combatir y a encender al combate. Además, si una pasión es apartada, otra sale al frente; y nuestra arena de combate jamás queda vacía.

Esto significa que el cristiano nunca tiene derecho a dejar sus armas, sino que debe permanecer armado con ellas día y noche. Es un soldado que nunca recibe relevo y que debe estar siempre preparado para el combate. Aquí está “la paciencia” (Apocalipsis 13, 10). “Con vuestra paciencia ganaréis vuestras almas” (Lucas 21, 19), porque solamente “el que persevere hasta el fin, ese será salvo” (Marcos 13, 13).

¡Este es todo el programa de lucha! Después de haber reconocido como enemigo tuyo a la pasión que ahora te combate, golpéala con tus armas, utilizándolas una tras otra, hasta expulsarla. ¿La has expulsado? Entonces quédate atento y espera el ataque de esa misma pasión o de alguna otra; y cuando ataque, haz con ella lo mismo que hiciste con la primera. Y así, cada día, cada hora y cada minuto.

Preguntarás: “Pero ¿cuándo termina esto?”.

En realidad, cada uno verá por sí mismo cuándo llegará para él el final de la batalla. Nadie puede decirlo de antemano. Lo único que puede decirse de antemano es esto: cuanto más valientemente luche alguien, sin someterse a ninguna influencia pecaminosa, más pronto comenzarán a debilitarse las pasiones. Y a medida que esta lucha perseverante se prolongue, la paz y la tranquilidad comenzarán a establecerse en el alma.

Y hay esperanza de que, finalmente, el alma llegue a un estado lleno de paz en el que, como en la quietud de la medianoche, reine un profundo silencio: señal de que todos los enemigos han sido expulsados lejos o han sido vencidos. Entonces el alma celebrará interiormente un sábado incesante, exclamando:

“Pasamos por el fuego y por el agua, y nos sacaste a lugar de descanso” (Salmo 65, 11).

[…]

Así pues, también las pasiones son ardientes sedes interiores, deseos encendidos del alma que ama el pecado. Aquí, en la tierra, las satisfaces y por un tiempo callan. Pero después vuelven a exigir con fuerza ser satisfechas y no te dejan en paz hasta que vuelven a saciarse.

En la vida eterna, sin embargo, ya no tendrás con qué satisfacerlas, porque todos los objetos de las pasiones son cosas terrenales. Esas cosas permanecen aquí, mientras que las pasiones permanecen en el alma y pasan al otro mundo junto con ella. Y allí tendrán sed de satisfacción; tendrán sed y atormentarán al alma con esa sed, porque ella ya no tendrá con qué satisfacerlas.

Y cuanto más continúe viviendo el alma, tanto más será atormentada y desgarrada por las pasiones insatisfechas. Este tormento no dejará de crecer, y este crecimiento y fortalecimiento no tendrán fin.

¡Eso es también el infierno! La envidia es el gusano; la ira y la furia son el fuego; el odio es el crujir de dientes; el deseo pasional es “las tinieblas de afuera”.

Este infierno de las pasiones comienza ya desde aquí. Porque ¿quién, entre los esclavos de las pasiones, conoce el gozo del descanso de ellas? Solo que aquí las pasiones no muestran plenamente cuánto pueden atormentar al alma. Aquí, el cuerpo y la vida en sociedad desvían y moderan sus golpes. En la vida futura ya no existirá esta protección, y las pasiones arrojarán sobre el alma todo su veneno.

Y para que podamos comprenderlo mejor, recordaré las palabras del venerable abbá Doroteo acerca de esto: “Mientras se encuentra en este cuerpo, el alma recibe alivio de sus pasiones y algún consuelo: el hombre come, bebe, duerme, conversa, camina junto a sus amigos queridos. Pero después de salir del cuerpo, su alma queda sola con sus pasiones y, por eso, es atormentada continuamente por ellas; llena de ellas, el alma arde a causa de su perturbación y es desgarrada por ellas. Así como quien padece fiebre es abrasado por el fuego interior, así también el alma pasional será continuamente atormentada, la desdichada, por su mala costumbre, llevando siempre dentro de sí el amargo recuerdo y la acción atormentadora de las pasiones, que la abrasan sin cesar. Y puesto que así son las cosas, verdaderamente nos espera un final terriblemente cruel si no permanecemos atentos a nosotros mismos. Por eso les digo siempre: esfuércense por cultivar en ustedes mismos buenas disposiciones del alma, para encontrarlas allí; porque lo que el hombre tiene aquí, eso mismo se irá con él al otro mundo, y eso mismo tendrá en la vida futura”.

A estas palabras añadiré también las mías: preocupémonos, mientras estamos vivos, por limpiarnos de toda mancha de las pasiones y, en su lugar, sembrar todas las virtudes.

Naturalmente, esto requiere esfuerzo, y no poco. Pero ¿cómo podría ser de otro modo? Sin esfuerzo, no es posible conseguir algo.