Para entender mejor las decisiones de la Divina Providencia

 

Lo que debes hacer es pensar en el juicio de Dios y poner todas tus esperanzas en tu Creador. ‟No envidies a los pérfidos, ni imites a los que cometen iniquidades”.

Traducción y adaptación: Jose David Menchu

«A veces resulta difícil de entender, incluso para los más juiciosos, por qué cada persona es distinta, por qué un joven deseoso de vivir muere, en tanto que un anciano que quiere morir vive, por qué el creyente enfrenta dificultades y aflicciones, mientras el incrédulo goza de un gran bienestar.

Hasta las almas más santas se han estremecido alguna vez ante el enigma de lo que ocurre en el mundo. Hay un relato que puede ejemplificar perfectamente lo que estamos tratando de decir: Murió un hombre rico y poderoso, cuyos (graves) pecados eran conocidos por todos los habitantes del lugar. A su entierro, que fue distinguido y fastuoso, vino un obispo acompañado de un séquito de sacerdotes. Poco tiempo después, una fiera salvaje mató horriblemente a un anciano asceta que vivía en una montaña. Ante esto, un sencillo monje que había sido testigo, tanto del espléndido funeral del pecador como de la muerte tan atroz del ermitaño, lleno de confusión empezó a llorar y a clamar: ‟¿Cómo es esto posible, Señor? ¿Cómo es posible que un pecador pueda tener una vida tan holgada y una muerte sin sobresaltos, en tanto que un hombre justo y austero tiene un final tan amargo?”. Entonces, un ángel de Dios se le apareció, y le dijo: ‟Aquel hombre rico tenía una sola virtud, y el asceta un solo pecado. Con esos funerales tan suntuosos y honorables, el Altísimo quiso recompensarle al primero la única virtud que tuvo, para que no esperara nada al pasar a la eternidad. Y, con una muerte tan atroz, Dios quiso borrarle al asceta su único pecado, para que pudiera gozar de una retribución completa al llegar al Cielo”.

Por eso, lo que debes hacer es pensar en el juicio de Dios y poner todas tus esperanzas en tu Creador. ‟No envidies a los pérfidos, ni imites a los que cometen iniquidades”. Eso lo dice el rey David, a quien le inquietaba lo mismo que a ti, hasta que Dios le reveló la respuesta, para que entediera. Estas palabras también le pertenecen a él: “Fui joven y ya soy viejo; y nunca vi al justo abandonado ni a sus hijos pidiendo limosna”. Acostúmbrate a leer el Salterio, porque entenderás muchas cosas y hallarás un gran consuelo. ¡Que la paz y la bendición de Dios sean contigo!».

(Traducido de: Episcopul Nicolae VelimiroviciRăspunsuri la întrebări ale lumii de astăzi, vol. 1, Editura Sophia, București, 2002,  pp. 164-165)