¿Qué es el hombre, en realidad?
Rey de todo lo que hay sobre la tierra, pero súbdito del reino celestial; terreno y celestial; temporal y, sin embargo, inmortal; visible y, sin embargo, inteligible; situado a medio camino entre la grandeza y la nada, uniendo en una sola persona el espíritu y el cuerpo.
San Gregorio el Teólogo habla de manera muy poética acerca de la creación del hombre, como de una unión de los mundos de lo alto y de lo bajo, creados previamente por Dios. En primer lugar:
«Él dio existencia al mundo inteligible [es decir, al mundo de las criaturas espirituales, al mundo angélico], en la medida en que yo puedo comprender estas cosas y considerar las grandezas con mi pobre lenguaje. Después, una vez que la primera Creación había sido puesta en buen orden, Él da existencia a un segundo mundo, material y visible: todo el orden de la tierra, del cielo y de cuanto se encuentra entre ambos; una creación verdaderamente maravillosa cuando contemplamos la belleza de cada una de sus partes, pero aún más digna de admiración cuando consideramos la armonía y concordia del conjunto, la manera en que cada parte se une a todas las demás en perfecto orden...
Y esto, para mostrar que Él puede llamar a la existencia no solamente a la naturaleza semejante a Él [es decir, al mundo invisible, angélico], sino también a aquella que le es completamente ajena. Pues son afines a la Divinidad las naturalezas inteligibles, que solo pueden ser comprendidas por la mente; mientras que todo aquello de lo que pueden tener conocimiento los sentidos le es enteramente extraño; y, entre estas cosas, las más alejadas de Él son aquellas que carecen por completo de alma y de capacidad de movimiento.
Así pues, la mente y los sentidos, separados de este modo el uno del otro, permanecían dentro de sus propios límites, llevando en sí mismos la grandeza del Verbo Creador, como silenciosos himnos de alabanza y estremecidos heraldos de su poderoso obrar. Pero todavía no se había producido ninguna unión entre ambos, ni mezcla alguna de elementos contrarios, signos de una sabiduría y generosidad aún mayores en la creación de las naturalezas; tampoco se había manifestado hasta entonces toda la abundancia de la bondad.
Entonces el Verbo Creador, determinando revelar también esto y formar un solo ser viviente a partir de ambas realidades —quiero decir, de la creación invisible y de la visible—, crea al Hombre. Y, tomando un cuerpo de la materia que ya existía y poniendo en él un Soplo tomado de Sí mismo —del cual el Verbo sabía que era un alma racional y una imagen de Dios—, como una especie de segundo mundo, grande en su pequeñez, lo colocó sobre la tierra: un ángel nuevo, un servidor que reunía ambas realidades; plenamente conocedor de la creación visible, pero solo en parte de la inteligible; rey de todo lo que hay sobre la tierra, pero súbdito del reino celestial; terreno y celestial; temporal y, sin embargo, inmortal; visible y, sin embargo, inteligible; situado a medio camino entre la grandeza y la nada, uniendo en una sola persona el espíritu y el cuerpo; espíritu, por los bienes que le habían sido derramados; cuerpo, a causa de la grandeza a la que había sido elevado; uno, para que pudiera continuar viviendo y glorificando a su Benefactor; el otro, para que pudiera sufrir y, mediante el sufrimiento, recordar y corregirse, si acaso llegara a enorgullecerse de su grandeza.
Un ser viviente, puesto a prueba aquí y trasladado después a otro lugar; y, para completar el misterio, divinizado al ser atraído hacia Dios».
(Traducido de: Ieromonahul Serafim Rose, Cartea facerii, crearea lumii noi și întâiul om: perspectiva creștin-ortodoxă, traducere din limba engleză de Constantin Făgețan, Ed. a 2-a, rev., Editura Sophia, București, 2011, pp. 96-97)
