Reconocer nuestra humilde realidad de humanos
Salimos de nuestras ataduras por medio del amor a Cristo, un camino indirecto, pero seguro, hacia el amor al prójimo y la aceptación paciente de su presencia.
En las celdas de las prisiones —porque allí esta realidad se intensifica y se exacerba de manera violenta— comprendí cuán miserable es nuestra situación en el mundo: con nuestra sola existencia molestamos a los demás.
No tenemos escapatoria. Debemos comprender que, hagamos lo que hagamos y por mucho que nos esforcemos, siempre acabamos molestando a alguien. La única solución es la resignación. ¿Qué podemos hacer? Callar, callar. No hacer el mal, pero tampoco imponer el bien por la fuerza. Sin embargo, incluso al pasar de largo y guardar silencio, seguimos disgustando a los demás. De una vez por todas, debemos grabarnos bien en la mente esta verdad: molestamos a los demás por el simple hecho de estar presentes. Y no debemos detenernos ahí: también tenemos que reconocer que ellos nos molestan a nosotros. Un pensamiento estremecedor: pues no somos mejores que los demás; todos estamos en la misma olla, cociéndonos a fuego lento y a presión.
Lo absurdo es uno de los parámetros de la condición humana.
Salimos de nuestras ataduras por medio del amor a Cristo, un camino indirecto, pero seguro, hacia el amor al prójimo y la aceptación paciente de su presencia.
(Traducido de: Nicolae Steinhardt, Jurnalul fericirii, Editura Mănăstirii Rohia, Rohia, 2005, p. 347)
