Palabras de espiritualidad

Su Beatitud Daniel: “La Resurrección de Cristo fue anunciada por ángeles, mujeres y apóstoles” (Carta pastoral, 2026)

  • Foto: Silviu Cluci

    Foto: Silviu Cluci

El gesto de devoción y de santa alegría de las mujeres que encontraron en el camino a Jesús resucitado permanece, hasta el fin de los tiempos, como la imagen más hermosa de la Iglesia que adora a Cristo, precisamente porque Él, el vencedor de la muerte y fuente de la alegría eterna, sale al encuentro de cada uno de nosotros y de todos juntos en el camino de nuestra vida,

† DANIEL

Por la Gracia de Dios, Arzobispo de Bucarest, Metropolitano de Muntenia y Dobrogea, Lugarteniente del Trono de Cesárea de Capadocia y Patriarca de la Iglesia Ortodoxa Rumana.

Piadosísima comunidad monástica, muy venerable clero y cristianos ortodoxos de la Metropolía de Bucarest.

Gracia, paz y alegría de nuestro Señor Jesucristo, y de parte nuestra, paternales bendiciones.

¡Cristo ha resucitado!

«Las miróforas, muy de madrugada, estando ante el sepulcro del Dador de vida, encontraron a un ángel sentado sobre la piedra; y este, hablándoles, así les dijo: “¿Por qué buscáis a Aquel que está vivo entre los muertos? […] Id y anunciadlo a Sus discípulos”» [1]

Piadosísimos y muy venerables Padres,

Amados hermanos y hermanas en el Señor,  

La fiesta de la Santa Pascua, o fiesta de la Resurrección de nuestro Señor Jesucristo, es la mayor celebración del cristianismo. La Resurrección de nuestro Señor Jesucristo representa la victoria de Su amor humilde y misericordioso sobre el odio y la envidia, sobre la traición y el miedo, sobre el pecado, el infierno y la muerte. Nuestro Señor Jesucristo, crucificado, resucitó de entre los muertos, «pisoteando a la muerte con la muerte y dando vida a los que estaban en los sepulcros» [2].

Esta es la buena nueva más importante del cristianismo y de toda la humanidad: el comienzo de otra vida, la vida eterna en el Reino de los Cielos. Por eso, en la noche de la Santa Pascua se canta: «celebramos la muerte de la muerte […] y el comienzo de otra vida, eterna» [3].

Las primeras personas que recibieron la buena nueva de la Resurrección de entre los muertos del Señor crucificado fueron las mujeres miróforas o portadoras de aromas. En la mañana de la Resurrección de nuestro Señor, ellas fueron los más valientes de entre todos los humanos que habían conocido a Jesús. En este sentido, San Juan Crisóstomo, admirando el valor y la fidelidad de las miróforas, dice de ellas: «¡Mira cómo también el Señor, por medio de mujeres, anuncia la buena nueva a los discípulos! El Señor […] honra al género más despreciado, el género femenino, le ofrece buenas esperanzas y sana su dolor» [4].

Según lo que consta en el Nuevo Testamento, conocemos los nombres de las siguientes miróforas: María Magdalena, María, madre de Santiago y de José o Josías (llamada también María de Cleofás), Salomé (esposa de Zebedeo), Juana, esposa de Cuza, administrador del rey Herodes, y Susana; y el Sinaxario del tercer domingo después de Pascua, llamado también Domingo de las Mujeres Miróforas, añade también a María y Marta, las hermanas de Lázaro [5].

El Santo Evangelio según San Marcos, refiriéndose a la Resurrección de nuestro Señor Jesucristo, nos dice que: «pasado el sábado, María Magdalena, María la madre de Santiago, y Salomé compraron fragancias para ir a ungirlo (a Jesús). Y muy de madrugada, el primer día de la semana (domingo), cuando salía el sol, fueron al sepulcro. Y decían entre sí: ¿Quién nos removerá la piedra de la entrada del sepulcro? Pero al mirar, vieron que la piedra había sido removida; y era muy grande. Y entrando en el sepulcro, vieron a un joven sentado al lado derecho, vestido con una túnica blanca, y se asustaron. Pero él les dijo: ¡No os asustéis! ¿Acaso buscáis a Jesús el Nazareno, el crucificado? ¡Ha resucitado! No está aquí. Mirad el lugar donde lo pusieron» (Marcos 16, 1-6).

El Santo Evangelista Mateo, hablando del mismo acontecimiento, muestra quién y cómo removió la piedra de la entrada del sepulcro: «Y he aquí que hubo un gran terremoto, porque un ángel del Señor descendió del cielo, se acercó, removió la piedra y se sentó sobre ella. Su aspecto era como un relámpago, y su vestidura blanca como la nieve. Y de miedo, los custodios temblaron y quedaron como muertos. Pero el ángel dijo a las mujeres: -”No temáis, porque sé que buscáis a Jesús, el crucificado. No está aquí, pues ha resucitado, como dijo; venid y ved el lugar donde había sido puesto”» (Mateo 28, 2-6).

De lo dicho por los santos evangelistas Marcos y Mateo, vemos que temprano por la mañana, sin ningún acompañante y sin ayuda alguna, las miróforas fueron al sepulcro para ungir con aromas el cuerpo de Jesús, según la tradición judía, dando testimonio de su piedad y de su amor por el Señor Jesucristo crucificado y sepultado. Tenían mucho valor y devoción, pero no tenían la fuerza física suficiente para mover la piedra de la entrada del sepulcro. Por eso se preguntaban entre ellas: «¿Quién nos removerá la piedra de la entrada del sepulcro?», ya que no había hombres con ellas.

Los discípulos del Señor estaban llenos de miedo después de la crucifixión y muerte de Jesús, y temían que también a ellos les ocurriera algo malo por parte de los judíos. Y como las miróforas no tenían a ningún hombre que las ayudara, Dios envió desde el cielo un ángel para apartar la piedra de la entrada del sepulcro, mostrando así que a su delicado amor y a su devoción por Jesús crucificado, Él (Dios) responde con el milagro de Su misericordia y de Su ayuda.

Ciertamente, el milagro de remover la piedra de la entrada del sepulcro no se realizó para que Jesús pudiera resucitar, pues Él ya había resucitado de entre los muertos, atravesando la “piedra sellada” del sepulcro [6], así como atravesará las puertas cerradas en la tarde de ese mismo día y se mostrará en medio de sus discípulos, diciéndoles: «¡Paz a ustedes!» (Juan 20, 19).

El milagro de remover la piedra de la entrada del sepulcro se realizó solamente para que las miróforas pudieran ver el sepulcro vacío y comprender que el Señor Jesús había resucitado y ya no estaba más entre los muertos. Y en el sepulcro vacío quedaron solamente los lienzos (cf. Juan 20, 6-7), para mostrar que el cuerpo del Señor, ungido con mirra y envuelto en telas adheridas fuertemente al cuerpo, «como plomo», no fue robado en secreto y con prisa por Sus discípulos, sino que resucitó del sepulcro, como explica San Juan Crisóstomo [7].

Pero, aunque el ángel les dijo: «no os asustéis», las miróforas no se tranquilizaron del todo; más bien, al temor que experimentaron ante lo extraordinario, ante el misterio de la obra de Dios en la tierra y sobre la tierra, se sumaron una gran alegría y también asombro, porque comprendieron que Jesús, antes crucificado y sepultado, había resucitado de entre los muertos.

Por eso, el Santo Evangelista Marcos dice que aquellas mujeres «huyeron del sepulcro, porque estaban llenas de temor y asombro» (Marcos 16, 8), y el Santo Evangelista Mateo señala que «[…] Jesús les salió al encuentro, diciendo: “¡Alegraos!”. Y ellas, acercándose, se postraron a Sus pies y lo adoraron. Entonces Jesús les dijo: “No temáis. Id, avisad a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán”» (Mateo 28, 9-10).

Por lo tanto, la piedad, el aprecio, el valor y la fe de las miróforas fueron recompensados con la alegría de encontrarse con el mismo Señor Jesucristo resucitado de entre los muertos. El gesto de devoción y de santa alegría de las mujeres que encontraron en el camino a Jesús resucitado permanece, hasta el fin de los tiempos, como la imagen más hermosa de la Iglesia que adora a Cristo, precisamente porque Él, el vencedor de la muerte y fuente de la alegría eterna, sale al encuentro de cada uno de nosotros y de todos juntos en el camino de nuestra vida —a menudo mezclada con temor o miedo a la muerte— y nos ofrece ya desde este mundo la garantía de la alegría de la vida eterna en los cielos.

Tanto por su actitud llena de piedad y humildad, de estima y amor por Cristo, como por el hecho de haber creído en Su Resurrección sin dudar, sin hacer más preguntas al ángel, las mujeres miróforas se convirtieron en apóstoles para los Apóstoles o “apóstoles de los Apóstoles”, como las llamó San Hipólito de Roma († 235), y fueron muy elogiadas por San Juan Crisóstomo [8].

La alegría del encuentro con Cristo resucitado es la alegría inefable que la Iglesia ofrece al mundo. El anuncio de la victoria de la vida eterna sobre la muerte es la voz inconfundible de la Iglesia en el mundo. El poder del amor de Cristo, más fuerte que las fuerzas de la muerte, es la gracia sanadora y santificadora que Él ha dado a Su Iglesia en todos los tiempos, como respuesta a su fe (cf. Juan 11, 25).

Al igual que las mujeres creyentes llenas de temor y santa alegría, que adoraron a Jesús crucificado y resucitado, los verdaderos cristianos veneran la Santa Cruz y besan el ícono de la Resurrección de nuestro Señor Jesucristo, diciendo: «Tu Cruz adoramos, oh Cristo, y tu Santa Resurrección la alabamos y la glorificamos» [9]; y Él, nuestro Señor Jesucristo resucitado, les dice en misterio: «¡Alegraos! ¡No temáis!». La Iglesia vive, en los santos misterios, en sus oficios, en sus fiestas, en sus oraciones, en toda su obra, la alegría del auxilio que viene a los hombres desde Cristo crucificado, resucitado y elevado en gloria a los cielos.

Amados fieles,

Junto con la Madre de Dios, las miróforas son el icono de todas las mujeres creyentes en la Iglesia, mujeres que, a lo largo de la historia, por su fe, su valor y su espíritu de sacrificio, han llegado a ser a menudo mártires, dando testimonio de Cristo crucificado y resucitado incluso con el precio de su vida; o han llegado a ser venerables monjas y hermanas en los monasterios, o buenas madres cristianas en la familia, que han engendrado a sus hijos y los han criado en la fe correcta, anunciando mediante su piedad, humildad y diligencia en la familia, en la Iglesia y en la sociedad, su fe en Cristo resucitado.

El Santo Sínodo de la Iglesia Ortodoxa Rumana proclamó el año 2026 como el Año conmemorativo de la pastoral de la familia cristiana y el Año conmemorativo de las santas mujeres del calendario (miróforas, mártires, monjas, esposas y madres), subrayando así el papel esencial que la familia y la mujer cristiana tienen en la Iglesia y en la sociedad.

La Iglesia ha promovido la dignidad de la mujer, sobre todo al venerar a la Madre de nuestro Señor Jesucristo como el ideal de la feminidad, portadora de Dios y de santidad, llamándola la Santísima (Panaghia). Ella es, al mismo tiempo, Virgen y Madre, ícono de la Iglesia santificada por la gracia de la Santísima Trinidad, de la humanidad portadora de Cristo y del amor humilde, misericordioso y generoso.

El santo sacerdote confesor Dumitru Stăniloae la describe como madre de todos los fieles, de todos los que creen, aman y cumplen la palabra de nuestro Señor Jesucristo: «Con la Madre de Dios tenemos en el cielo un corazón de madre, un corazón que se ha derretido sobre todo por su Hijo y que late y sigue latiendo ante Su corazón por su causa, que es nuestra salvación; porque la salvación no es una cuestión de justicia, sino de amor entre Dios y los hombres» [10].

Por el amor misericordioso y la bendición santificadora de la Santísima Trinidad, la mujer llegó a ser, en María de Nazaret, Madre de Dios y siempre Virgen, para que en su Hijo, Jesucristo, quedaran unidas eternamente la divinidad y la humanidad. En este sentido, la Virgen María, fiel y humilde, fue llamada a dar a luz al Hijo de Dios como hombre en la tierra, para que los hombres puedan alzarse a la vida celestial y eterna.

Siguiendo el modelo de la Madre de Dios, la vocación santa de la mujer es dar vida a sus hijos y cultivar la comunión de vida en la familia y en la sociedad, ya que solo la comunión de amor humilde y generoso puede ser vida verdadera.

Como madre, la mujer cristiana y devota forma la conciencia y la sensibilidad de sus hijos, siendo fuente de afecto e imagen de entrega y cuidado para toda la familia, signo de bendición divina y alegría para la Iglesia, siguiendo el ejemplo de las santas mujeres del calendario de la Iglesia Ortodoxa Universal.

Engendrando a sus hijos, cuidándolos y educándolos, ambos progenitores, madre y padre, ya no viven para sí mismos: su vida se convierte en entrega y permanencia en una comunión de amor. Quien no sea capaz de amar a sus hijos no podrá llegar a ser padre, y quien no pueda llegar a ser padre no podrá llegar a ser plenamente humano. Aunque nuestro Señor Jesucristo, cuando llegó a la edad adulta, no tuvo hijos, sí tuvo discípulos e hijos espirituales, a quienes les dijo: «Dejad que los niños se acerquen a Mí, porque de los que son como ellos es el Reino de los Cielos» (Mateo 19, 14).

El amor hacia todos los niños es el comienzo de la comprensión del amor paternal de Dios hacia todos los seres humanos. Y si un niño no siente el amor de sus padres o de quienes le rodean, tampoco podrá percibir el misterio del amor paternal de Dios hacia los hombres, invocado en la oración del “Padre nuestro”.

La familia es bendición e ícono del amor de Dios por la humanidad, un espacio sagrado de la obra de la gracia de la Santísima Trinidad, orientado hacia la vida y el amor eterno. En la familia, la relación entre padres e hijos se comprende sobre todo desde la perspectiva de la relación del ser humano con Dios. Los hijos no nacen solo para una vida terrenal, sino también para llegar a ser, por el Bautismo, hijos de Dios por la gracia (cf. Juan 1, 12-13) y alcanzar la vida eterna en el Reino de la Santísima Trinidad, por la fe en Jesucristo (cf. Juan 11, 25) y por las buenas obras del amor misericordioso (cf. Mateo 25, 31-46).

Cristianos ortodoxos,

En la sociedad contemporánea, la familia cristiana vive a veces en un mundo indiferente o espiritualmente confuso, enfrentando con frecuencia múltiples desafíos y crisis como la pobreza, la migración, el desempleo, el alcoholismo, las drogas, la depresión, el divorcio y la incertidumbre del mañana.

Hoy, cuando se nos proponen “modelos” ajenos a los valores cristianos, es necesario afirmar con firmeza la santidad del matrimonio, la solidaridad en familia y entre familias, la dignidad de la maternidad, de la paternidad, de la filiación y de la fraternidad, como dones del amor de Dios que deben cultivarse en comunión de amor y corresponsabilidad.

Conociendo los desafíos actuales que enfrenta la familia cristiana, exhortamos a los sacerdotes ortodoxos a alentar y sostener a las familias que viven una vida espiritual cristiana, a apoyar material y espiritualmente a las familias numerosas, a las familias monoparentales o en situaciones difíciles, a animar a los fieles a contribuir al apoyo de las familias más necesitadas, así como a la educación religiosa y moral de los niños en la comunidad.

Prestemos especial atención a las familias con hijos enfermos, así como a las personas adultas solas, pobres, enfermas, ancianas, desanimadas, en duelo o afligidas, ofreciéndoles una muestra del amor de Cristo hacia ellas, una oración, una ayuda material y una palabra de consuelo. La luz de la Resurrección de nuestro Señor Jesucristo nos llama, por tanto, a manifestar siempre a nuestro alrededor, con palabras y hechos, señales de esperanza, solidaridad y comunión fraterna.

Pedimos a nuestro Señor Jesucristo, resucitado de entre los muertos, que llene los corazones y los hogares de todos con la alegría que concedió a las miróforas y con la paz que ofreció a Sus discípulos después de la Resurrección.

Con motivo de las santas fiestas de la Pascua, les dirigimos, amados hermanos y hermanas en el Señor, nuestros más cálidos deseos de salud y felicidad, junto con el saludo pascual: ¡Cristo ha resucitado! ¡Verdaderamente ha resucitado!

Suyo, en oración ante Cristo el Señor,

† DANIEL
Patriarca de la Iglesia Ortodoxa Rumana

 

Notas

[1] Estíjira, tono V, en Slujba Învierii [Oficio de la Resurrección], Ed. Institutului Biblic și de Misiune Ortodoxă, Bucarest, 2010, p. 55.

[2] Tropario de las Santas Pascuas, în Slujba Învierii [Oficio de la Resurrección], p. 33.

[3] Tropario, Canto VII, Canon de la Resurrección, în Penticostar [Pentecostario], Ed. Institutului Biblic și de Misiune Ortodoxă, Bucarest, 2012, p. 20.

[4] San Juan Crisóstomo, Omilia 89 [Homilía LXXXIX], în Sf. Ioan Gură de Aur, Omilii la Matei, ediția a II-a revăzută, trad. Pr. Dumitru Fecioru, coll. Părinţi şi Scriitori Bisericeşti, vol. 27, serie nouă, Ed. Basilica, Bucarest, 2025, p. 1000.

[5] Sinaxario del III Domingo después de la Pascua, de las Miróforas, Penticostar [Pentecostario], pp. 106-107.

[6] Cf. Tropario de la Resurrección, tono 1, katavasías u octoeco menor , Ed. Institutului Biblic și de Misiune Ortodoxă, Bucarest, 2017, p. 31. Dice San Juan Crisóstomo: “Ciertamente, Él (Jesús) resucitó cuando tanto la piedra como los sellos estaban aún colocados. Pero, puesto que era necesario que también los demás quedaran plenamente convencidos, el sepulcro se abre después de la Resurrección, y así se cree lo sucedido” (San Juan Crisóstomo, Omilia 85 [Homilía LXXXV], en Sf. Ioan Gură de Aur, Omilii la Evanghelia după Ioan [Homilías para el Evangelio de Juan], vol. II, trad. Maria-Iuliana Rizeanu, Mihai Grigoraş, coll. Părinţi şi Scriitori Bisericeşti, vol. 18, serie nouă, Ed. Basilica, Bucarest, 2019, p. 418).

[7] San Juan Crisóstomo, Omilia 85 [Homilía LXXXV], în Omilii la Evanghelia după Ioan [Homilías para el Evangelio de Juan], p. 419.

[8] Ver: San Hipólito el Romano, Comentariu la Cântarea Cântărilor 25 [Comentarios sobre el Cantar de los Cantares XXV], în Yancy Smith, The Mystery of Anointing: Hippolytus’ Commentary on the Song of Songs in Social and Critical Contexts: Texts, Translations, and Comprehensive Study, ­Gorgias Press, Piscataway, 2015, pp. 540-541; Sf. Ioan Gură de Aur, Omilia 88, în Sf. Ioan Gură de Aur, Omilii la Matei, p. 991.

[9] De la estíjira que se canta después de la lectura del Santo Evangelio en los Maitines dominicales, en el Catavasiero o en el Octoeco menor , p. 65.

[10] Dumitru Stăniloae, Teologia Dogmatică Ortodoxă, vol. 3, în coll. Dumitru Stăniloae – Opere complete, vol. 12, Ed. Basilica, Bucarest, 52018, p. 332.