Un Dios que nos pide amar a nuestros enemigos

 

El oscuro abismo de las pasiones, como el odio, la soberbia y las guerras de toda clase conforman nuestra existencia terrenal. En semejantes circunstancias, Cristo les ordena a quienes deciden seguirlo: “¡Amad a vuestros enemigos!”.

En Cristo, nuestra conciencia se ensancha, nuestra vida se hace infinita. En el mandamiento “amarás a tu prójimo como a ti mismo”, ese “como a ti mismo” tiene que ser entendido así: toda persona, “el Adán completo” es mi propio ser.

El Reino de Dios, dice San Siluano, consiste en llevar en nuestro corazón al universo entero y al Mismo Dios Creador.

Cuando oremos, hagámoslo por todos y cada uno. Y agreguemos: “Por las oraciones de ellos, Señor, ten piedad de mí también”. Así, poco a poco, nuestra conciencia se va a ensanchar.

“Amad a vuestros enemigos”. Sí, es difícil. Sí, es doloroso. La misma belleza moral de Cristo nos atrae de tal manera, que estamos dispuestos a soportar todas las pruebas, con tal de alzarnos en Su Espíritu. No tenemos elección.

Cristo dio Su vida divina a aquellos creados a Su imagen. Sin embargo, lo único que recibió como respuesta fue odio. Hoy, luego de dos milenos de cristianismo, ¿qué vemos? El mundo contemporáneo se aleja cada vez más de Cristo, de la vida eterna. El oscuro abismo de las pasiones, como el odio, la soberbia y las guerras de toda clase conforman nuestra existencia terrenal. En semejantes circunstancias, Cristo les ordena a quienes deciden seguirlo: “¡Amad a vuestros enemigos!”. ¿Por qué el mundo le teme a un Dios así? ¿Acaso hay un principio más excelso que aquel que dice: “¡Bendecid a quienes os maldigan, amad a vuestros enemigos!”?

(Traducido de: Arhimandritul SofronieDin viață și din Duh, Editura Reîntregirea, Alba Iulia, 2014, pp. 22-23)