Una lucha que requiere toda nuestra atención
Debemos luchar con valentía y sin cesar, porque nos enfrentamos a enemigos que nos odian tanto que no es posible esperar de ellos ni paz ni tregua, ni siquiera un debilitamiento o una interrupción de la guerra.
Si quieres vencer más rápidamente a tus enemigos, es necesario que luches, hermano, con valentía contra todas tus pasiones, sobre todo contra el egoísmo, acostumbrándote a recibir como amigos las dificultades que el mundo pueda ocasionarte.
Cuando el hombre no reconoce la absoluta necesidad de esta lucha contra sí mismo y la considera algo sin importancia, ha sucedido —y sucede siempre— que las victorias son difíciles, escasas, incompletas e inestables.
Por eso, esta lucha debe librarse sin cesar ni desfallecimiento, hasta el momento de la muerte, y con toda la fortaleza del alma. Y esta fortaleza puedes adquirirla fácilmente si se la pides a Dios.
Considera también lo siguiente: la debilidad y el odio constante que te tienen los demonios, así como la enorme cantidad de engaños y confusiones que ponen delante de ti, nada pueden hacer frente al poder infinito de Dios y al amor que Él te tiene; nada pueden frente a los ángeles del cielo y a las oraciones de todos los santos que combaten de tu lado.
Por eso, mantente valiente, aunque te parezca que los ataques de los enemigos podrían destruirte y perderte; aunque la lucha pudiera prolongarse durante toda tu vida y pareciera que va a arrojarte a quién sabe qué abismo.
Porque todo el poder y todo el conocimiento de los enemigos están puestos en las manos del divino Comandante, del Supremo Jefe, Jesucristo, por cuyo honor tú combates.
El Señor no solo no permitirá que los enemigos te destruyan —pues eso sería también una deshonra para Él—, sino que combatirá en tu lugar hasta entregarlos en tus manos, según Su santa voluntad, como está escrito: “Porque Dios anda en medio de tu campamento, para librarte y para entregar a tus enemigos delante de ti; por tanto, tu campamento ha de ser santo, para que Él no vea en ti cosa inmunda, y se vuelva de en pos de ti” (Deuteronomio 23, 14).
Incluso si Él demora la victoria hasta el último día de tu vida, esto será de gran provecho para ti. Será una ganancia aún mayor.
¡No arrojes tus armas ni huyas!
Finalmente, para que puedas entrar en combate con valentía, debes saber que ningún hombre escapa de esta guerra, ni durante la vida ni en la muerte; y que quien no ha vencido sus pasiones y a sus enemigos no alcanza la victoria final, sino que cae esclavo de ellos y muere.
Por eso debemos luchar con valentía y sin cesar, porque nos enfrentamos a enemigos que nos odian tanto que no es posible esperar de ellos ni paz ni tregua, ni siquiera un debilitamiento o una interrupción de la guerra.
(Traducido de: Sfântul Nicodim Aghioritul Războiul nevăzut, Editura Egumenița, Galați, pp. 46-48)
