Una muestra del enorme peso que representa el pecado
Cuando el pecado quedó al descubierto en el profeta, el mar se calmó y los marineros alcanzaron la salvación.
Pero ¿qué sentido tendría, hermanos, que al hablar de la penitencia de los cristianos no hablara del pecado que tan rápidamente nos asedia y que es tan difícil de llevar? Porque no son palabras vanas las del Apóstol, que proclama claramente que nada pesa sobre el alma tanto como los frutos del pecado, es decir: el adulterio, el libertinaje, los homicidios, los robos, el falso testimonio, las calumnias, las discordias, las envidias, las iras y todo lo semejante a esto. Y “el que siembra para su carne, de la carne segará corrupción”.
Pero podré vencer la incapacidad de escapar del pecado, como en el caso de Jonás, quien pensaba que podía huir de Aquel que todo lo ve y todo lo abarca, sin tener presente la oración de uno que dijo: “Si descendiera al infierno, allí estás Tú; si tomara las alas del alba y me estableciera en los confines del mar, de modo que pudiera esconderme de Tus ojos, también allí Tu mano me guiaría y Tu diestra me sostendría”.
Estas cosas las prefiguró justamente, pues habrían de cumplirse por medio del Verbo consustancial y co-entronizado, que está sentado a la derecha del Padre. Porque, al querer —mediante Su venida en la carne—, cumplir toda la profecía de la Ley, cumplió también la resurrección que había sido prefigurada de antemano por Jonás en el vientre de la ballena.
El profeta abordó la nave y se quedó dormido; pero el peso del pecado la iba hundiendo. Y el mar, por así decirlo, al encontrar al siervo pecador y fugitivo, levantó sus olas y, apoderándose de él, lo encerró en el vientre de la ballena como en una prisión, hasta que llegó la resurrección del Señor al tercer día. ¡Y, vaya milagro! Cuando el pecado quedó al descubierto en el profeta, el mar se calmó y los marineros alcanzaron la salvación.
(Traducido de: Sfântul Simeon Stâlpnicul din Muntele Minunat, Cuvinte ascetice, Editura Doxologia, Iași, 2013, p. 90)
