Abre tu alma a la luz, y los muros que te separan de la verdad desaparecerán

 

La existencia de esos muros depende de la forma en que los veas. Si no quisieras verlos, ellos no existirían.

Mi alma busca la verdad, oh, Hijo de la Verdad, y su afán no tiene fin, y no hay palabras que puedan expresar su extenuación.

Sería mejor estar en paz, alma mía, y atraer la verdad a ti con la ayuda de tu propia paz. ¿Qué pensarías de alguien que dice, cuando llega la medianoche: “No puedo estar sin luz… Tengo que correr hacia el sol, para traer algunos de sus rayos”?

¿Para qué empezar una carrera que habría de llevarte miles de años, cuando la luz es infinintamente más rápida que tú y puede alcanzarte en unos pocos segundos?

Ábrete a la luz, oh alma mía, y la luz entrará en ti.

Las murallas que te separan de la verdad y se alzan cual montañas colosales —mismas que has intentado superar corriendo hasta agotarte— son tu obra tuya, y son más frágiles que la blanca espuma del lago. En verdad, la existencia de esos muros depende de la forma en que los veas. Si no quisieras verlos, ellos no existirían.

Hace algún tiempo estuve observando un pollo que corría desesperado dentro de un círculo pintado con yeso en el suelo. El pobre animalito no se atrevía a saltar y sobrepasar la línea blanca, que para él era como una criatura viva o un muro que le impedía ir más lejos.

Lo mismo ocurre con mi alma, me dije con un suspiro, cuando cree que ha sido privada de la libertad, sea por unos gigantes muy poderosos, o por unos atemorizantes muros. De hecho, entre su cárcel y la libertad hay solamente una línea imaginaria, más delgada que un simple cabello.

(Traducido de. Sfântul Ierarh Nicolae Velimirovici, Rugăciuni pe malul lacului, Editura Anestis, 2006, pp. 119-120)