¿Acaso creemos, hermanos, que es cosa menor ganarnos el Reino de los Cielos?

 

Con todos esos padecimientos, los santos se hicieron dignos de las bondades prometidas, de la felicidad inefable y eterna. Tal debe ser el ejemplo que debemos seguir también nosotros, hermanos.

«¿Acaso creemos, hermanos, que es cosa menor ganarnos el Reino de los Cielos? Recordemos que, tal como está escrito, fue por este Reino que los Santos Padres eligieron una vida de severa austeridad, vistiéndose con pieles de cabra, padeciendo mucho, retirándose a la soledad del desierto o la montaña, refugiándose en cuevas y cavernas, despreciando, finalmente, todas las cosas del mundo. Isaías fue aserrado, Jeremías fue arrojado a un pozo, y Jonás fue lanzado al mar, donde un cetáceo lo engulló. Daniel fue arrojado al foso de los leones para que lo devoraran. Aquellos tres jóvenes fueron introducidos en un horno encendido. Zacarías, padre del Precursor, murió atravesado por el hierro de una espada, y su hijo, San Juan, fue decapitado. Y no alcanzaría el tiempo para hablar de San Pablo, quien nos dice que durante toda su vida hubo de sufrir los rigores del hambre, la sed, el frío y el esfuerzo denodado. El primer mártir, Esteban, murió lapidado. Santiago también fue asesinado. ¿Y qué decir de los sufrimientos de los demás Apóstoles, de los santos mártires, de los sacrificios de los venerables padres? Con todos esos padecimientos se hicieron dignos de las bondades prometidas, y de la felicidad inefable y eterna. Tal debe ser el ejemplo que debemos seguir también nosotros, hermanos». 

(Traducido de: Sfântul Teodor StuditulCuvântări duhovnicești, Editura Episcopia Alba Iulia, Alba Iulia, 1994, pp. 79-80)