¡Arrepiéntete y mira para adelante!
Dios no quiere que seamos una multitud de gente llorando, sino que quiere que seamos personas que se alegren en Él, en Su Evangelio, en Su Palabra, en Sus dones.
Todo arrepentimiento debe hacerse con alegría. La contrición es algo que se practica con el rostro vuelto hacia el futuro. Yo no estoy a favor de un arrepentimiento que mire solamente al pasado. Nosotros miramos la vida de frente, caminamos hacia adelante. El pasado es irrecuperable. Por eso, el arrepentimiento se vive en el presente, con el rostro orientado al porvenir, pues en su esencia es abandono del pecado, nada más que eso.
Yo nunca he estado a favor de un arrepentimiento “de penitenciaría”, sino que siempre he exhortado a un arrepentimiento sereno, con esperanza, con alegría. Y entonces, si el arrepentimiento se hace con alegría, significa que existe un vínculo estrecho entre arrepentimiento y alegría, y que la alegría no excluye el arrepentimiento cuando está presente.
Pensemos, por ejemplo, en el hijo pródigo (¡cuánto me gusta a mí esta parábola!), que, cuando regresó, fue recibido por su padre, quien lo abrazó, lo besó y mandó celebrar su vuelta, preparando un gran banquete. Si se hubiera arrepentido con lamentaciones, no habría podido participar de aquella fiesta. Sin embargo, el padre no le pidió nada.
¿Qué le pidió nuestro Señor Jesucristo, por ejemplo, al Santo Apóstol Pedro, para restablecerlo como apóstol, después de haberlo negado tres veces? ¡Al tercer día ya se le había aparecido el Señor! Ciertamente, nuestro Señor puso el acento en el amor —el amor es felicidad, el amor es alegría—. En su esencia, como dije antes, el arrepentimiento es abandonar el pecado, no lamentarnos por el pecado. Es decir, Dios no quiere que seamos una multitud de gente llorando, sino que quiere que seamos personas que se alegren en Él, en Su Evangelio, en Su Palabra, en Sus dones.
(Traducido de: Arhimandritul Teofil Părăian, Iubirea de aproapele – ajutor pentru bucuria vieții, Editura Doxologia, Iași, 2014, pp. 63-64)
