Bienaventurados los puros de corazón

 

No es Dios quien conduce nuestra vida, porque nosotros no pensamos en tener a Dios y en glorificarlo, sino que nos perdemos en discusiones sobre la Liturgia, la oración o el amor.

El hecho de que sea rara la pureza que Dios bendijo especialmente, nos demuestra que, al final, no es Dios quien conduce nuestra vida, porque nosotros no pensamos en tener a Dios y en glorificarlo, sino que nos perdemos en discusiones sobre la Liturgia, la oración o el amor. Así es como nos acostumbramos a vivir sin Dios. Por eso, San Hesiquio subraya que nos falta ese corazón puro que Dios ensalza. Las palabras evangélicas: “Bienaventurados los puros de corazón, porque verán a Dios” no significan que no hayamos cometido homicidio, adulterio, o cualquier otro pecado de gravedad, sino que hayamos alcanzado en verdad la pureza de corazón. La interpretación que aquí se nos hace tiene un sentido místico.

Cristo pronunció esta bienaventuranza para los judíos de la sinagoga, cuando aún no había derramado Su sangre, y los Cielos aún no se abrían, ni el infierno había sido vencido, ni nadie había entrado aún al Paraíso.

Y, sin embargo, les dijo: “Dichosos los puros de corazón, porque verán a Dios”, lo que significa, como diríamos nosotros, que cuando nos vayamos al Cielo podremos ver a Dios.

Pero, no es posible que Dios haya dicho algo semejante a unos hombres que le veían a los ojos, esperando lo que Él les daría. La bienaventuranza no fue pronunciada para la eternidad. El hombre vive en el presente: el hoy le duele, hoy busca la verdad.

Entonces, al decir: “Dichosos los puros de corazón, porque verán a Dios”, es como si les hubiera dicho: “En vuestra oscuridad, entended que sólo cuando vuestro corazón sea puro, me encontraréis, me sentiréis, me viviréis. Quien os habla, Yo, Soy, desde luego, un maestro. Sin embargo, si vuestro corazón se purifica, descubriréis en Mi persona a Dios. Yo soy Dios. Todavía no me tenéis, no me sentís, porque vuestro corazón aún no se ha purificado”. Cristo quiere demostrarles con toda confianza que Dios se puede ver ya desde esta vida, pero solamente en la pureza. En el futuro podrán ver, pero no se trata de un tiempo escatológico, sino uno del amor. Con este sentido es divulgado en la Santa Escritura y demuestra la segura realidad del presente.

¿Pero cómo puedo yo ver a Dios? Del mismo modo en que Adán, despertándose, vio ante sí a su Creador, también yo, en un instante, cuando mi mirada brote de un contenido interior puro, podré percibir inmediatamente a Dios, tanto en mi interior como en mi exterior. Y tal como en otro momento Adán se despertó y vio a Eva, para decir: “Esta es carne de mi carne” (Génesis 2, 23), también yo, en un momento dado, cuando me despierte y vea todo bajo la luz de la pureza, descubriré a la carne de mi carne, mi Iglesia, mi Cristo, Aquel que es hombre y espíritu de mi espíritu, y yo, como criatura Suya, soy espíritu de Su Espíritu, y carne de Su carne; es decir que me alimento con Su carne. No se trata aquí de misterios escatológicos, sino cotidianos; es suficiente con que espabile con lucidez y sepa mantenerme despierto, tal como lo dice el Apóstol Pablo (II Timoteo 4, 5).

(Traducido de: Arhimandrit Emilianos Simonopetritul, Sfântul Isihie - Cuvânt despre trezvie, Editura Sf. Nectarie)