Buscar siempre las compañías que nos hagan crecer
Piensa, pues, cristiano, con quién deseas unirte y, mientras no lo conozcas bien, no te acerques a nadie, no sea que caigas en el abismo de la perdición.
Nada perjudica tanto al cristiano, especialmente al joven, como las malas compañías. Porque, así como relacionarse con personas buenas es una escuela en la que uno aprende, sin necesidad de libros, la filosofía cristiana, es decir, una vida recta y santa, así también relacionarse con personas malas es causa de la más terrible corrupción del ser humano, aunque por naturaleza sea bueno o haya recibido una buena educación; pues, si se une a personas corrompidas, le será difícil, casi imposible, no corromperse también él.
Porque la maldad es como la brea: pegajosa, y poco a poco, sin que uno se dé cuenta, se va infiltrando hasta llegar a dominarlo por completo. Se dice que, cuando unos ojos sanos miran a unos ojos enfermos, ellos mismos se perjudican y tampoco les sirven de nada a los otros; de la misma manera, la persona buena, al convivir con una persona mala, se corrompe a sí misma y tampoco logra corregir al otro. “El que toca la brea se ensuciará con ella, y el que se junta con el soberbio se hará semejante a él”, dice la Escritura (Eclesiástico 13, 1).
Piensa, pues, cristiano, con quién deseas unirte y, mientras no lo conozcas bien, no te acerques a nadie, no sea que caigas en el abismo de la perdición.
Más vale vivir con las fieras salvajes que con personas malas.
(Traducido de: Sfântul Tihon de Zadonsk, Lupta dintre carne și duh, Editura Egumenița, Galați, 2011, p. 55)
